Los periodistas ante su Blade Runner

Por desgracia, no se equivocan quienes dibujan un panorama de los medios de comunicación que parece salido de la mente de los guionistas de un Blade Runner mediático. En demasiadas ocasiones, el negocio de las noticias es ya el negocio del espectáculo de las noticias, un escenario en el que conviven sin solución de continuidad las informaciones veraces con las escasamente rigurosas y con las que directamente son falsas, el clickbait, el sensacionalismo de medio pelo, el SEO como religión por encima de la información, la dictadura de las páginas vistas, la publicidad más invasiva que se recuerda (intentad ver un vídeo en Atresmedia o Mediaset), el populismo mediático y antiperiodístico, cuyo profeta más sonoro y global es Donald Trump, y la hooliganización de las conversaciones (sólo escuchamos y leemos aquello que ratifica lo que pensamos y opinamos), cuya consecuencia no es el aumento de la pluralidad sino del ruido.

Pero este paisaje también trae oportunidades. Las marcas periodísticas, y quienes quieren promoverlas, tienen la oportunidad de erigirse en valores-refugio frente a tanta inmundicia y tanta desinformación. Cuando todo es griterío, los ciudadanos necesitan a quien sea capaz de explicarles la realidad, necesitan a los periodistas y a los medios. La era de la desintermediación ha sido tan fugaz como esas noticias que duran minutos entre las más vistas y luego desaparecen. Volvemos a necesitar a los intermediarios. Volvemos a necesitar a los periodistas.

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Ahora bien, ahorrémonos las pomposidades habituales. Aquí no se trata de pontificar con grandilocuencia sobre la salvación de la industria del periodismo. Esto no va de salvar los periódicos para así salvar a la democracia. No exageremos. Los medios de comunicación son muy importantes, pero no todos son los herederos del Capitán América por inspiración divina. Se trata de algo mucho más prosaico: de qué hacer para tener un periodismo viable que tenga la fuerza de defender los principios y valores de uno de los oficios más viejos y más adictivos del mundo; y de hacerlo, además, en una sociedad que ya no considera a estos medios como el centro natural de las conversaciones públicas, el lugar en el que se discuten los asuntos que más nos conciernen.

Ese lugar lo ocupan ahora las redes sociales. Y a ellas acuden también las empresas informativas a distribuir sus contenidos para así ganar tráfico y lograr entrar en las campañas de publicidad que les permitirán seguir siendo sostenibles en el nuevo entorno digital.

Pero estas mismas marcas se han dado ya cuenta de que la nueva pandilla social tenía un reverso tenebroso. Facebook, Twitter, Instagram se quedan con los datos de sus lectores y son mucho más eficaces a la hora de confeccionar anuncios competitivos gracias al buen uso que hacen del big data.

¿Resultado? Facebook compite con Google y con Youtube (y pronto con Apple y con Amazon) a la hora de quedarse con toda la publicidad que antes iba a los periódicos, a las radios y a las televisiones. Y el fenómeno va a más. No hablamos de que los medios estén perdiendo las grandes campañas globales. Hablamos de que el carnicero de la esquina prefiere pagar una promoción en Facebook que poner un faldón de publicidad en el periódico local.

Los medios que lideran los rankings de visitas tienen posibilidades de seguir haciendo dinero en el negocio de la publicidad, pero son los menos. El resto ya puede ir buscando otras vías para financiar sus proyectos, porque la realidad es la que es y no va a cambiar por mucho que nos lamentemos o porque le echemos la culpa de todos nuestros males a Zuckerberg como si fuera el Lex Luthors que va a acabar con la edad dorada del periodismo.

El cambio que llega

Hasta no hace tanto, la idea de un periodismo en abierto que permitiera lograr grandes volúmenes de tráfico que abrirían la puerta de las grandes campañas era una verdad casi que incuestionable. En el plazo de un año, esta idea ha sido sustituida en casi todas las redacciones y consejos de administración. Ahora, lo que se ha convertido en una obsesión es la necesidad de crear comunidad.

Tiene sentido. Si los lectores abandonan en masa los quioscos; si los chavales apenas ven telediarios y sólo se informan en YouTube y en Instagram; si la publicidad, como decíamos, se ha largado a Facebook y a Google; si lo que es cool es escuchar podcast en vez de las emisoras de radio; si ya todo lo vemos en las cinco o seis pulgadas de la pantalla del móvil…pues los medios ya no se pueden hacer más trampas en el solitario. O consolidan una comunidad en torno a sus marcas y buscan ingresos en torno a ella o van directos a ser una página más en la historia del periodismo.

Del imperio del todo gratis y de la religión del periodismo en abierto hemos vuelto a la apuesta por los muros de pago y por las suscripciones como medio para garantizar ingresos más o menos fijos que permitan mantenerse sin mayores sobresaltos. Como ya no se puede contar con los ingresos por la publicidad, la estrategia gira en 180 grados. De “se lo damos todo gratis a los ciudadanos, que ya pagará la publicidad los sueldos de los periodistas y los beneficios de los editores” pasamos a “quien quiera buena información, que se comprometa y pague”.

Los medios locales sueñan de pronto con ser el New York Times de sus provincias logrando que sus lectores paguen por leer el diario de referencia de su ciudad o de su provincia. Y, mientras, los grandes, pendientes del hundimiento de sus ventas de ejemplares y las bajadas de sus audiencias, amagan con instalar barreras para el gratis total que les permita al menos hacer negocio con sus usuarios más comprometidos y recurrentes.

Se trata de reconstruir la relación entre el medio y quienes le siguen a partir de una premisa que ya parece clara para todos:  sólo sobrevivirán aquellos medios que logren una mínima complicidad y compromiso con sus lectores. Y para eso, se necesitan principios y valores, pero también más realismo y menos idealismo a la hora de afrontar el desafío de la sostenibilidad, que es el que permitirá que ese paisaje tan catastrófico a lo Blade Runner que parece cernirse sobre el periodismo sea sólo una pesadilla pasajera y no el preludio de algo peor.

La paradoja del periodismo: a más noticias, menos información

Lo que hasta hace muy pocos años era desconocido ahora forma parte de nuestras vidas. Hemos asimilado que una de las mejores maneras de comprar es entrando en ese bazar universal que es la página de Amazon, que para ir de un sitio a otro hay que bajarse la aplicación de Cabify, de Uber o de Blablacar, y que para viajar a buenos precios hay que pasarse por Booking o por cualquier rastreador de precios baratos. Los intermediadores tradicionales tienden a desaparecer. En el negocio del periodismo, también. Y en el paisaje de los medios, más todavía.

La guerra de la atención

Ya cansa hasta discutir sobre la cuestión por el empeño en negar la realidad. La prensa generalista ya no es el centro del universo mediático. Sigue teniendo un peso esencial, pero comparte su relevancia con otros actores del nuevo ecosistema como las plataformas sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda (Google) y compite también por la atención de los ciudadanos con nuevos rivales como las aplicaciones en streaming de música, cine o videojuegos.

El contexto es volátil, acelerado. Inconsistente y  difuso. Y en él, y con permiso de la televisión, las reglas del juego ya no se deciden en los despachos de los directores de los medios de comunicación más relevantes sino en la de quienes dirigen estas mismas plataformas sociales.

Ya no se puede decir que todo va a cambiar. En todo caso, que ya ha cambiado. Y quien sea capaz de adaptarse y de demostrar mayor capacidad de ser flexible será quien tenga mayores posibilidades para lograr sus objetivos, sean éstos lo que sean.

La religión de la viralidad

Las redes sociales han democratizado la discusión de los asuntos públicos. Ya no es necesario tener una tribuna en los medios para participar del debate. Basta con abrirse una cuenta en Twitter o en Facebook y empezar a escribir.

 

Pero tienen su reverso: propician la distribución masiva de las infamias y los bulos de todo pelaje y se han convertido en las urbanizaciones donde habitan los Torquemadas del siglo XXI.

Los nuevos canales sociales son pasto propicio para las ahora llamadas fake news. Y por mucho que decimos que las rechazamos, la verdad es que por lo general hacemos poco o muy poco para combatirlas e, incluso, en muchos casos las compartimos sin rubor.

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Las patrañas se comparten a mucha mayor velocidad que las informaciones verdaderas y nadie es capaz de parar las cadenas de whatsapp y los hilos de tuits en los que se publican los disparates más infames, bulos y mentiras que se aceptan en la mayor parte de los casos por pereza mental, por desidia o porque preferimos tragarnos cualquier mentira que nos reafirme en nuestra visión del mundo.

La responsabilidad es colectiva: de quienes las fabrican y de quienes las distribuyen.

La viralidad suele venir acompañada, además, de sentimientos de indignación que convierten a las redes sociales en tribunales populares donde desahogar nuestra rabia por aquello que nos desagrada o nos repele. Y los tribunales juzgan muy rápido. Los linchamientos virtuales son violentos, se registran en tiempo real y atropellan a todos por igual.

La democracia emocional

A esta masa virtual no le gusta demasiado la democracia representativa. Prefiere una democracia emocional, de emociones  frente a razones, en la que no vence quien convence, sino quien es capaz de tocar la fibra emocional.

Y todo esto, a corto plazo, deriva en la obsesión por el trazo grueso, por la simplificación, por el maniqueísmo; en la creación de burbujas endogámicas en las que nadie se atreve a disentir de la corriente de pensamiento general de tu tribu y, al final, en la conversión de la sociedad de la información en una sociedad del espectáculo que genera una brecha entre quienes prefieren seguir instalados en esta ansiedad y quienes, por el contrario, empiezan a sentirse cansados y hartos de tanto ruido social.

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Con este paisaje, es tentador hablar de la comunicación en términos casi exclusivamente de producto y de marketing, en términos de mercado. Y así, la información política y económica podría empezar a considerarse ya como una simple galería de publicidad con balcones a las televisiones y a las redes sociales, una galería en la que algunos piensan que hasta podrían sobrar los medios de comunicación (Donald Trump es el ejemplo por excelencia).

Pero, precisamente, si algo no sobra en este contexto son los medios de comunicación. Al contrario, son más importantes que nunca, pues ejercen el papel de contrapeso de la propaganda y de las toneladas de mercancía averiada que circulan por las redes sociales sin verificación alguna  y aportan la jerarquía de criterio y el contexto que nos permite avanzar como sociedad.

Lo que ocurre es que a la mayor parte de estos medios a los que exigimos que mejoren nuestra sociedad y nuestra democracia ya no les salen las cuentas. Su modelo de negocio, basado de forma tradicional en la publicidad, se resquebraja. Los anunciantes emigran a otras ofertas más atractivas (Google, Facebook, Twitter, Spotify saben manejar nuestros datos) y los ingresos por ventas, suscripciones y otras vías no sostienen el engranaje de las empresas. Los ciudadanos se comprometen con sus medios, pero de ahí a pagar por ellos…

El resultado es que muchos cierran, otros se debilitan y quienes vienen con fuerza en el mundo digital no llegan ya a los números de la era dorada del papel, con lo cual, el ecosistema se comprime y la oferta real  se hace cada vez más pequeña.

Y ésa es la gran paradoja ante la que nos enfrentamos. La oferta informativa es abundante, ilimitada. Y los transmisores son infinitos. Pero, a la vez, nos falta información de calidad y empiezan a faltarnos referentes que aporten credibilidad y confianza al ecosistema mediático.

Puede parecer trágico, pero también es una oportunidad para las organizaciones que quieran apostar por la calidad y quieran buscar el valor añadido que les destaque de los demás y les permita sobrevivir. Y eso siempre es una buena noticia. Para la industria y para todos nosotros.

Atrapados por los algoritmos

En la última entrada de este blog especulaba sobre la idea de que estamos viviendo una suerte de dictadura del algoritmo merced a la cual los medios de comunicación han empezado a dedicarse casi en exclusiva a producir sólo aquellas noticias que les resultan placenteras y gratificantes a sus lectores con el objetivo de buscar el mayor número posible de clicks, necesarios para lograr los ingresos publicitarios que necesitan para sobrevivir. 

Este asunto se está volviendo recurrente en las últimas semanas a raíz de artículos como éste de mediatics en los que se sostiene que los algoritmos pueden salvar a la industria del periodismo, pues afinan con aquello que reclaman los ciudadanos y, por tanto, permiten centrarse en la elaboración de contenidos con más probabilidad de ser exitosos. 

Esta tesis ha sido muy mal recibida por estudiosos periodísticos como José A. Avilés o Ramón Salaverria, quienes defienden, por el contrario, que los algoritmos no pueden venir a sustituir a los periodistas y su intuición y criterio periodístico.

 Ya he dicho en otro artículo que comparto la idea de que la utilización de los algoritmos para la publicación y distribución de las noticias jamás podrá sustituir a los periodistas. Y mucho menos a su intuición, que es la base de casi todo en este negocio.

Pero me parece que, en este caso, como en tantos otros, no valen las posiciones maximalistas. Ni hay que abrazar la llegada de los algoritmos como el advenimiento de un nuevo tiempo en el que las máquinas sustituirán a los periodistas ni, tampoco, hay que menospreciar su uso.

Hoy en día, ya es excepcional encontrar un medio que no haga análisis de sus métricas y que las utilice a la hora de decidir algunos de sus contenidos. !Como para no hacerlo cuando las ganancias pueden depender de cómo conozcas a tus lectores!

Y, también, se trabaja ya con robots capaces de buscar la información que circula por la red, procesarla, editarla, empaquetarla y llevarla a los lectores del mismo modo en que lo harían los periodistas y editores de un medio de comunicación tradicional. 

Mirad este caso de medio de comunicación made in Japón.

La analítica de datos y el uso de algoritmos forman parte del paisaje de la industria del periodismo. Y su uso irá a más en una sociedad que ha asumido que el progreso y la prosperidad dependerán de su capacidad de procesar esos datos y de hacer, a partir de ellos, productos que compitan en los mercados. 

Está pasando en casi todos los sectores y hay que asumirlo así, como se aprecia, y pongo aquí un ejemplo, en el caso de Netflix y cómo su utilización científica de los datos para la producción/distribución de sus contenidos ha terminado por lograr que esta compañía tenga mucho más valor que cualquier majors de Hollywood.

Pero el que se usen estos algoritmos para la fabricación y distribución de las noticias no significa que haya que caer postrados ante ellos como si fueran un vellocino de oro capaz de sustituir a los humanos que se dedican a ejercer el periodismo sin pensar en fórmulas matemáticas a la hora de escribir sus textos. 

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Los algoritmos nos ayudan a los periodistas a tomar decisiones más basadas en la ciencia que en la intuición y a las empresas de comunicación a generar valor añadido, pero, por el momento, no sustituyen la capacidad de jerarquizar, ni aportan criterio a la hora de elaborar una información.

Puede que en un futuro que por ahora es ficción haya algoritmos que piensen y escriban mejor que los periodistas, pero por ahora no son más que una ayuda para estos últimos.

Mejor con inteligencia artificial que sin ella

Eso sí, cuidado con aquellos medios y periodistas que sigan despreciando su uso porque se pueden encontrar con un serio problema de viabilidad de sus modelos de negocio. A día de hoy, aquellos medios que no la utilicen para hacer sus análisis de datos y la elaboración de sus informaciones tienen una desventaja competitiva que puede acabar con ellos. 

En busca de los errantes digitales

Esta semana pasada asistía a unas jornadas organizadas por la Cadena Ser en la Universidad Loyola de Andalucía que me permitieron asistir a la charla que ofreció a los estudiantes Lourdes Moreno Cazalla, directora de Producto digital de Prisa Radio. Os animo a seguirla en las redes sociales si queréis estar al día de las novedades de la industria radiofónica, pero hoy lo que quería era tomar prestado un concepto al que aludió  que me parece indispensable, el de los errantes digitales.

Lourdes Moreno explicaba las estrategias de trabajo de las emisoras musicales de la Ser y, a la hora de ponerle contexto a lo que hacía, explicaba que en la actualidad una de las tareas más difíciles a las que se enfrentan es a la fidelización de los oyentes en una época en la que esos mismos oyentes se han convertido en unos errantes digitales que navegan compulsivamente por todo tipo de canales y de soportes en busca de los productos que más les apetezca en cada momento.

Me parece que es un concepto que hay que tener muy en cuenta en este momento en el que la industria de los medios ha descubierto el lado oscuro de las plataformas sociales (no, Google y Facebook no eran nuestros aliados inquebrantables: nos atrajeron y ahora se han quedado con nuestro negocio de la publicidad, entre otras razones porque son mucho mejores que los medios a la hora de satisfacer las necesidades de los usuarios).

Y no sólo eso, también se ha dado cuenta de que tiene que volver sobre sus pasos y dedicar una parte importante de sus esfuerzos a hacer comunidad, es decir, a conformar un grupo de oyentes/lectores/espectadores lo suficientemente fieles como para que puedan servir para crear un modelo de negocio en torno a ellos que les permitan sobrevivir en un entorno tan cambiante como el de los medios de comunicación.

Enganchados al click

Hasta hace muy poco, los medios vivían atrapados en la dictadura de las páginas vistas, enganchados al click fácil y desaforado, al SEO histérico. Ahora, sin embargo, como si se hubieran caído del caballo y hubieran visto la luz de la verdadera religión, han dado un giro de 180 grados y, a diferencia de lo que hacían, anuncian que quieren trabajar por los tiempos de permanencia en las webs y por ser actores no tan leídos como, sobre todo, relevantes.

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Pero resulta que la tarea de atraer a esos lectores/oyentes/espectadores se hace mucho más cuesta arriba porque, ahora, la guerra por la atención, que es en la que estamos inmersos, se ha vuelto casi imposible con la entrada de nuevos competidores ante los que es muy difícil de competir.

Y aquí no sólo hablo de nuevos medios digitales, sino de todo aquello que llene nuestras horas de ocio, desde el último jueguecito que hayamos instalado en el teléfono móvil a los maratones de series que nos tragamos en Netflix, Movistar o HBO.

No hace falta que me vaya muy lejos a la hora de poner ejemplos. Pensad en nuestras propias experiencias de usuario actuales y comparadlas con las que teníais hace unos años. Antes, leíamos periódicos de papel, escuchábamos la radio por la mañana, veíamos telediarios, íbamos al cine a ver los estrenos y esperábamos impacientes cada semana a que llegara la hora de emisión de la serie que estuviéramos siguiendo en ese momento.

Hoy, un consumidor se tiraría por una ventana de impaciencia si le obligasen a seguir esa dieta informativa y de ocio. Hoy, quiere la información al minuto, el ánálisis al instante y, por supuesto,  las películas y las series las quiere también al instante, cuando les da la gana y en el soporte que les da la gana. Y lo hace de forma compulsiva, sin atender a muchos miramientos. Lo mismo picotea de dos o tres portales de información generalista que acude a canales especializados o se suscribe a un servicio de streaming.

Lectores ‘hiperventilados’

Pues bien, ese lector errante que picotea de forma compulsiva es aquel a quien nos queremos dirigir para establecer el vínculo de complicidad necesario para ir creando esa comunidad que necesita toda marca para diseñar su estrategia de ingresos. Por decirlo de otro modo: salimos escopetados de nuestra relación con las redes sociales y ahora nos encomendamos a un lector que hiperventila si no tiene al instante lo que quiere.

Se trata de una dificultad añadida que se puede salvar, pero conviene conocerla y asumirla para no caer en más errores a la hora de afrontar la construcción de las comunidades convirtiendo a esos lectores ansiosos en lectores comprometidos dispuestos a hacer algún tipo de desembolso. O si se quiere, en términos también políticos y sociales, convirtiendo a esos consumidores en ciudadanos críticos comprometidos con su entorno a través de las organizaciones de noticias que sirven precisamente a sus comunidades.

Periodismo entre borrascas

El periodismo vive atrapado una tormenta perfecta que nunca acaba. Es un símil gastado y pobretón, pero es certero. La mudanza de los lectores a internet, la pérdida del monopolio de la publicidad, la dificultad para lograr que los ciudadanos paguen por las noticias y la desconfianza generalizada hacia los medios tradicionales han llevado a la mayor parte de los actores de la industria periodística a un punto en el que sus modelos de negocio no se sostienen si no se acometen cambios estructurales y se alientan nuevas estrategias de negocio que se alejen de los esquemas tradicionales.

Algunos han iniciado ya ese cambio (el estandarte es The New York Times, pero hay muchos más ejemplos más), pero la gran mayoría aún malvive en un estado de precariedad que se agudiza con el paso del tiempo y que suscita un estado de ánimo en el que se mezclan la perplejidad, la nostalgia y el pesimismo.

Pues bien, ya no estamos ante una sola tormenta perfecta. En realidad, son dos. Y ambas aparecen en el radar con la peor de las intenciones.

La primera es la ligada a las dificultades para asumir el cambio digital en un negocio basado en el cuasi monopolio de la publicidad que hasta no hace tanto dejaba muy buenos márgenes de beneficios. Y la segunda, aún más estruendosa, es la que se deriva de la aparición de un nuevo modelo basado en la fabricación a gran escala de noticias falsas, bulos e infamias que se distribuyen en tiempo real en las redes sociales con objetivos políticos y económicos poco confesables y apenas disimulados. 

En la era de la distribución viral de las patrañas

Vivimos en la era de la industrialización de las noticias falsas, de la distribución viral de las patrañas que convierten las redes en vertederos globales de infamias. Y vamos a más. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, eso no nos debe agobiar más de la cuenta. Entre otras cosas, porque sería un esfuerzo estéril (el problema no es sólo de los periodistas sino de toda la sociedad).

Más competidores

El contexto y los actores han cambiado. Los medios ya no compiten en un parque temático vallado al que sólo accedían algunos actores repartidos en tres áreas: prensa escrita, radio y televisión. Ahora sobreviven en una jungla donde los rivales y adversarios se multiplican y donde muchos de ellos juegan con un instinto homicida y depredador que no se anda con contemplaciones. 

Ahora batallan  contra las redes sociales y los motores de búsqueda que se están comiendo el negocio de la publicidad. Pero también lo hacen contra los portales de contenidos falsos, contra los fabricantes de los bulos que se viralizan en los grupos de whatsapp alimentando el descrédito de casi todos y contra quienes han descubierto que se puede influir en las grandes decisiones políticas y sociales (Trump, Brexit…) con un buen sistema de big data, un puñado de bots, la complicidad más o menos voluntaria de las redes (Facebook y el caso de Cambridge Analitycs) y, sobre todo, con muy pocos escrúpulos o ninguno. 

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Y estos nuevos adversarios, además, cuentan con dos grandes fortalezas competitivas: El primero es su coste. Es mucho más barato inventarse una mentira, empaquetarla y distribuirla a través de las redes y de webs artificiales que pagar una redacción solvente con capacidad para contar las noticias…después de contrastarlas. Y el segundo es la credulidad generalizada de muchos ciudadanos, dispuestos a creerse todo aquello que reafirme sus opiniones y sus convicciones ideológicas y, en consecuencia, a darle carta de veracidad a disparates que no soportan la más mínima comparación. 

La realidad está ahí y no se cambia sólo con quejas: se puede combatir con las nuevas herramientas que también se ponen a nuestra disposición para seguir ejerciendo un periodismo que le sea útil a los ciudadanos a los que (se supone) se les está ofreciendo un valor añadido.

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 El doble desafío de los medios

El desafío, pues, es doble, y obliga a los medios a trabajar en dos direcciones. 

En la primera, deben seguir buscando nuevas vías de ingresos que vayan más allá de la publicidad y las subvenciones, pero sin saltarse lo esencial: para tener esos nuevos ingresos, hay que construir comunidades de lectores dispuestos a comprometerse con los proyectos informativos y, por tanto, dispuestos a pagar por las noticias.

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Los medios lo están entendiendo así, han asumido que no pueden depender de Google, Facebook y otras redes sociales para la distribución de sus contenidos y están apostando por cautivar a los lectores comprometidos por encima de los lectores recurrentes. De ahí, esta obsesión de los últimos meses por hablar menos de lectores, oyentes y espectadores y más de suscriptores y de socios.  

Y en una segunda dirección, la de la lucha contra las noticias falsas, es evidente que, más allá de lo que puedan hacer los gobiernos y administraciones para luchar contra esta lacra global, lo que tienen que hacer los medios es seguir ejerciendo el mejor periodismo posible y poco más.

La proliferación de las fake news es un asunto que compete a todos los ciudadanos que entiendan que las opiniones públicas de las democracias no pueden estar tan contaminadas por los fabricantes de bulos a granel. Y aquí los medios sólo pueden responder desde el ámbito de sus competencias, es decir, haciendo un periodismo lo más honesto posible que convenza a los ciudadanos de que es mejor fiarse antes de los medios de comunicación que de los iluminados, los frívolos y los demagogos de sofá que nos venden tanta mercancía caducada. 

En resumen: hay que convencer a cuanta más gente mejor de que los medios son un valor refugio frente a la basura que circula por la red. 

El esfuerzo es inmenso. Pero puede tener la mejor de las recompensas, como hemos visto ya en numerosos casos. Quienes logren resultados en ambas direcciones tendrán posibilidades de sobrevivir y de hacerse fuertes en el nuevo mercado periodístico. Y, de paso, le harán un favor a quienes pensamos que la calidad de las democracias se mide, entre otras cosas, por la calidad de sus medios de comunicación. 

Facebook se divorcia de los medios (y no hay vuelta atrás)

Mark Zuckerberg. Foto: The Verge

Facebook ha firmado los papeles de divorcio con los medios de comunicación y le ha dicho a sus abogados que se anden con pocas contemplaciones. No sólo se quiere separar de ellos; quiere que todos los habitantes del planeta social nos enteremos de sus intenciones. Y cuanto antes, mejor. Los medios ya no son bienvenidos en Palo Alto.

Por qué y qué consecuencias tiene.

En primer lugar, ha quedado demostrado que Facebook, en realidad, no sabe qué hacer con las noticias y han terminado por molestarle y por considerarlas una amenaza potencial para la fábrica de ganar dinero en que se ha convertido esta red social.

No ha sabido luchar contra las fake news, que le han terminado por crear un problema de imagen inabordable, y no ha proporcionado a los medios un ecosistema ‘amigable’ en el que recibieran ingresos a cambio de la cesión distribución de sus contenidos.

Lo explica bien en su blog Enrique Dans. Le ha fallado casi todo lo que diseñó para atraer a los periodistas y editores (Facebook papers, los instant articles …) y como las cuentas no le salen, ha decidido que ya no quiere ser el mayor editor de medios de la historia de la humanidad…pese a que un porcentaje cada vez mayor de lectores sólo se acerca a las noticias cuando se conecta a esta red social.

Zuckerberg igual se ha pasado de frío y de implacable con los medios (su conducta en este asunto me ha recordado al retrato asocial y distante que hacía de él Aaron Sorkin en la película ‘La red social’), pero quizás hasta puede terminar por echarles una mano…aunque sea a base de cortarle la otra.

Ahora muchos medios, sobre todo los que más dependen de Facebook en sus métricas de tráfico, andan llorando como en las tragedias griegas por el último revés, lamentándose de la expulsión del paraíso social de los likes.

 

Pero, a la larga, esto les vendrá bien, pues tendrán menos alicientes para seguir buscando el tráfico fácil de los clicks baratos y hallarán más incentivos para: 1. Generar contenidos de calidad con más paciencia y menos histeria. Y 2. Mejorar la relación con su comunidad, fomentando las redes de suscriptores (fijaros, por ejemplo, en las piezas que incluye El País en el detalle de sus noticias llamando a suscribirse a sus secciones, a sus newsletters o a su aplicación de noticias).

Si algo en claro podemos sacar de este nuevo episodio vampiresco de Facebook es que no es nada aconsejable para los medios de comunicación que centren casi todos sus esfuerzos en la distribución de sus contenidos en las plataformas sociales y, menos todavía, que supediten la viabilidad de sus modelos de negocio a su ligazón a una plataforma social.

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Lo importante sigue siendo la creación de una comunidad en torno a la marca periodística, sin abjurar de las redes, pero manteniendo el control sobre el grueso de los canales de distribución de los contenidos de esa misma marca.

Es una lección que los medios han aprendido a base de tortazos. Ah, y, por cierto, y también es una lección para quienes defendimos durante tanto tiempo que era mejor asumir la primacía de Facebook y de Google (aunque lo del motor de búsqueda es otra historia) y adaptar tu negocio a la red social para beneficiarse de ella. Estábamos equivocados. Toca admitirlo. Y toca otra vez adaptarse.

Ahora queda ver el cómo. Como dice Diego Santos en este artículo en La República, salvo casos excepcionales, la industria del periodismo se ha pasado más de veinte años a remolque de las empresas tecnológicas, yendo a salvo de mata, sin saber muy bien hacia dónde vamos y lamentándonos de lo mal que nos va.

No se trata, pues, de un problema coyuntural, sino estructural. Y como tal, requiere de una planificación que piense menos en lo urgente y más en lo importante. Es lo más difícil, más si cabe cuando aprieta las pérdidas, pero es que casi no se atisba alternativa alguna. No hay vuelta atrás. Pero no para Facebook, sino para los medios.

Por qué hay que darle las gracias a los distribuidores de noticias falsas

Ya sabéis lo que está pasando alrededor del negocio de las noticias: de la abundancia informativa hemos pasado a la infoxicación y de ésta hemos saltado casi sin darnos cuenta a un sistema mediático en el que las mentiras, las infamias y las falsedades se fabrican como si fueran bienes de consumo semejantes a las lavadoras o los jerséis de cuello vuelto. Un producto que se vende porque hay alguien al otro lado que lo compra. 

Las patrañas distribuidas por ejércitos de hackers, trolls, holligans y bots han hecho metástasis devastando la credibilidad y la confianza de los ciudadanos, no sólo en el paisaje de los medios sino en el propio sistema que los representa. Y una de sus consecuencias más malsanas es que se ha extendido la idea de que todos los medios manipulan y de que todos los periodistas se venden.

Da igual que tales afirmaciones no sean reales y sean fruto de generalizaciones injustas e inexactas. Lo que importa no son los hechos, sino la percepción. Y en la batalla de la percepción, los periodistas vamos perdiendo. La fabricación industrial de las mentiras amenaza con cargarse lo que nos queda de reputación porque una parte importante de la ciudadanía piensa que los periodistas son los principales productores de estas infamias. Y no es fácil desmontar esta idea, por muy endeble que sea.

Las mentiras, por muy esotéricas y absurdas que parezcan, tienen su público y funcionan. En pequeñas dosis, puede servir para contaminar con infamias de medio pelo los grupos de whatsapp de los amigos, la familia o los padres del colegio, dispuestos a tragarse casi todo con el espíritu más acrítico que nos podamos imaginar. Y si se usa en cantidades industriales, puede hasta llevar a la presidencia de los Estados Unidos de América a alguien con las hechuras políticas y morales de Donald Trump.

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Pero este hipermercado de infamias que nos salta delante de nuestras narices cada vez que abrimos Twitter, Facebook o el whatsapp tiene su reverso en positivo: cada vez más, los ciudadanos necesitan asirse a quien pueda garantizarle que no les miente ni les embauca ni les vende una mercancía caducada.

Necesitan un refugio en el que protegerse de la inmundicia que ocupa los espacios que se encuentra a su paso. Y ese refugio son las marcas periodísticas, los medios que deciden apostar por el criterio, la jerarquización, el contexto y, en definitiva, por algo tan obvio como el buen periodismo, un bien escaso pero real en estos tiempos de relativismo líquido en el que la verdad, para muchos, vale igual y a veces hasta menos que la mentira.

Es una ecuación real: a mayores dosis de basura, más necesidad de buscar alguien de quien fiarse a la hora de enterarse de lo que pasa a nuestro alrededor. Y ésa es una oportunidad de hacerse con un hueco entre tanta oferta y de intentar trabajar un modelo de negocio sostenible que pivote en torno a esa confianza. 

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No es fácil, pero es un camino que se vislumbra con mayor claridad. Y la consecuencia es que cada vez más, vemos aflorar nuevas propuestas que apuestan por ingresos ligados a las suscripciones, los socios y otros formatos similares que requieren de un compromiso que sólo se entiende desde el momento que asumimos que hacer un buen periodismo sí que puede ser un negocio…sobre todo ahora que la morralla sinvergonzona de las noticias falsas lo copa casi  todo. 

Por eso, aunque sea con la boca pequeña, los periodistas y los editores de los medios de comunicación deberían de darles mil veces las gracias a los fabricantes de bulos y noticias falsas. Gracias a estas patrañas sofisticadas que ahora llamamos fake news por ese ansia de postureo que nos incita a renombrarlo casi todo, los medios tienen una oportunidad. Y lo que toca es aprovecharla. Y cuanto antes, mejor para ellos y  para casi todos los lectores.

Cazadores de suscriptores

Leo en el diario El Mundo una columna muy interesante firmada por Luis Oz (pseudónimo del periodista Felipe Sahagún) sobre cómo algunos medios de comunicación están logrando resultados notables en su búsqueda de suscriptores que permitan cambiar sus modelos de negocio, pasando de los tradicionales ingresos por publicidad y venta de ejemplares a un modelo basado en el compromiso de quién paga por consumir noticias en un entorno digital marcado por la abundancia y la saturación. 

Luis Oz pone ejemplos ya conocidos: The New York Times, Washington Post y, desde hace no tanto tiempo, el británico The Guardian, que ha pasado de ser un adalid del periodismo en abierto a reconvertirse en un cazador de suscriptores que le permita financiar uno de los proyectos editoriales más exitosos de la prensa mundial de los últimos veinte años. 

Ya he dicho por aquí que no tengo muy claro que estos modelos puedan ser un ejemplo para el resto de la industria, pues se trata de medios de referencia que se aprovechan de sus posiciones de liderazgo para ofrecer un valor añadido que los demás tal vez no puedan dar. The New York Times sólo hay uno. Y no veo yo a muchos medios con capacidad de emular ni imitar su modelo. 

Pero me quedo con tres ideas clave que nos anuncian por dónde va a ir la búsqueda del Santo Grial de los ingresos ahora que la publicidad se va por los caminos de Facebook, Google y la publicidad programática.

La primera es que  empieza a haber un cierto consenso entre los grandes y no tan grandes de la industria (y también entre los expertos, y aquí os recomiendo que sigáis al periodista Ismael Nafría, quien entiende que la gratuidad ya no tiene futuro en la industria) de que como sigamos apostando por la gratuidad generalizada de los contenidos, el sistema de medios va a  explotar incluso antes de lo que podíamos prever casi todos. 

La segunda es que, como consecuencia de esta asunción de una realidad que no admite presos ni medias tintas, quien más y quien menos, la mayor parte de la industria se ha puesto a pensar en lo más difícil de todo este asunto, es decir, en cómo convencer a una audiencia acostumbrada a recibir todo tipo de noticias gratis en sus teléfonos móviles con un solo golpe de click o simplemente abriendo su cuenta de Twitter o de Facebook de que si quieren seguir teniendo medios en los que confiar, tienen que volver a pagar por la información que reciben. 

Y la tercera idea es que, para conseguir este objetivo de lograr que los lectores vuelvan a pagar por el periodismo, las compañías de medios tendrán que acostumbrarse a tener en sus plantillas a profesionales que algunos definen como ‘funnel mathematician’, es decir, matemáticos del embudo cuya función será la de convertir a los lectores digitales de noticias en personas capaces de pagar por esas mismas noticias. 

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Si lo pensamos, es de puro sentido común. Los medios tienen audiencias millonarias que, sin embargo, no le sirven para cuadrar sus cuentas pues estas legiones de lectores no pagan por las noticias ni ya sirven (al peso) para lograr la publicidad necesaria para lograr unos ingresos mínimos, pues la publicidad también se traslada a otros soportes como las redes sociales (Facebook, Twitter…) y los motores de búsqueda como Google, más competitivos a la hora de ofrecer a los clientes la segmentación de público que les interesa.

Pues bien, la posible solución a este cuello de botella no residiría en cambiar de modelo (o directamente de negocio), sino, entre otras opciones, en contratar a especialistas centrados en la reconversión de los lectores en socios comprometidos con los proyectos informativos. No a todos, que es una quimera, pero sí a esa mínima parte de lectores recurrentes dispuestos a soltar unos cuantos euros para seguir leyendo las marcas informativas en las que siguen confiando.

A mí me sigue pareciendo una idea difícil de llevar a la práctica en el mercado de las noticias en castellano, tan marcado por la gratuidad…y por la falta de esos profesionales, que digo yo que no se encontrarán tan fácilmente en Linkedin o en las páginas amarillas.

Y, además, en el caso de que se lograra aumentar el número de suscriptores, desde mi punto de vista, junto a las suscripciones, habría que buscar otras vías de ingresos para no seguir dependiendo sólo de una fuente.

Pero creo que ha llegado el momento de que reconozcamos algo: seguramente ya no haya muchas más alternativas a esta propuesta. Quienes conocen las cuentas de la mayor parte de los medios de comunicación  privados de las sociedades occidentales saben que estamos en una tesitura simple: o los medios son capaces de crear en torno a ellos comunidades dispuestas a pagar por los productos que consume o esta fiesta de la información sin fin lleva camino de morirse, pero de éxito.  

 

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Y si para evitarlo hay que abrazarse a la fe del suscriptor, pues habrá que abrazarse. Y si hay que contratar a esos matemáticos del embudo digital, pues se les contrata. ¿O no? Nos esperan muchos cambios en estos meses. Y éste puede ser uno de ellos. Atentos.

P.D. Os paso por aquí un artículo sobre esta lucha por los suscriptores que ha escrito Vicente Lozano. Merece la pena que le echéis un vistazo: “3,5 millones de lectores del Times’.

 

 

¿Y si los medios tuvieran algún día que emigrar de Facebook?

Hace unos días se publicaba que Facebook estaba pensando cambiar la faz de sus muros para darle preferencia a las noticias y comentarios de los amigos en detrimento de las informaciones publicadas por los medios en sus páginas, que serían más o menos ‘desterradas’, lo que obligaría a esos medios a pagar a la compañía de Mark Zuckerberg si quisieran mantener su alcance orgánico. 

Facebook está experimentando el cambio en seis países, pero está de más advertir que si la compañía californiana confirma estos planes y los lleva a la práctica, los medios vivirán un día negro para sus métricas de tráfico y para sus ya alicaídas previsiones de ingresos.

Facebook es la red social que más tráfico genera con diferencia a los medios de comunicación y la que proporciona más tiempo de permanencia en sus páginas. De hecho, se ha convertido en la plaza pública a la que acceden millones de personas a entretenerse, a cotillear, a ver fotos de los amigos y también a informarse.

Y ya no es que sea un complemento perfecto para la distribución de los contenidos periodísticos, sino que se ha convertido en la autopista principal por la que circulan casi todos los contenidos, hasta el punto de que si una noticia no se comparte en Facebook, pierde casi todo su potencial de distribución. 

La situación es paradójica. Los medios pensaban que con Internet desaparecería la intermediación de los quioscos y el resto de puntos de venta físicos, pero, sin embargo, ésta no ha desaparecido sino que, simplemente, ha mutado. El nuevo quiosco es Facebook. Y si antes los quioscos querían su comisión, ahora Facebook también la quiere y lo dice expresamente: si los medios quieren seguir teniendo audiencias millonarias para sus productos gracias a las páginas que han abierto, toca pagar.

facebook-76536_640-1-360x240Lo que hace Zuckerberg es razonable. Monta una plataforma y quiere ganar dinero con ella. Facebook no es una ONG ni se quiere parecer a la Wikipedia. Quiere ganar dinero. Y por eso, cuando ya se ha hecho imprescindible para tantísima gente, organiza su modelo de negocio en busca de la rentabilidad y le dice a las empresas informativas (y al resto) que tienen que pasar por caja si quieren seguir teniendo a tanta gente picando en sus contenidos.

Pero esto también debería hacer reflexionar a los medios.

Facebook da lectores. Pero, a cambio, revienta a los medios a través de tres vías: 1. Cambiando el algoritmo de un día para otro hundiendo las cifras de tráfico; 2. ‘Obligando’ a los medios a convivir en un ecosistema plagado de noticias falsas que Facebook es incapaz de controlar. Y 3. Quedándose con la publicidad que antes iba a los medios.

A los medios les quedan dos opciones. Pagar por seguir apareciendo en los muros de los lectores o emigrar y buscar otras plataformas que les permitan distribuir sus contenidos digitales sin pasar por el Impuesto Zuckerberg. 

Por ahora lo razonable sería pagar y seguir disfrutando de estas audiencias, asumiendo que hay que pasar por la ventanilla y que hay que adaptarse a todo lo que proponga el Gran Hermano de Palo Alto. Las reglas del juego las marcan los actores dominantes del negocio. Y en el caso de la industria del periodismo, como en otros ligados a la distribución de contenidos digitales, quienes mandan son Google y Facebook.

Pero tampoco estaría de más que, en paralelo a este sistema de pagos, los medios de comunicación vayan explorando otras formas de llevar sus contenidos a los lectores que les permitan mantener el control de la distribución y tener un sitio a donde emigrar el día en el que las condiciones del negocio lo permitan. Si no, siempre estarán en manos de quien controle las carreteras de la información y a expensas, por tanto, de las decisiones estratégicas de terceros. Y eso no es una buena idea, ni en la industria del periodismo ni en ninguna otra.

Por qué la radio aguanta casi todo lo que le echen

Hace unos días, asistía a la presentación de la programación de este año de uno de los mejores comunicadores radiofónicos de este país, Carlos Herrera, y en ella alguien le preguntaba a Herrera que cómo iba a ser la radio del futuro. El periodista insignia de la Cope respondió citando a otro grande de los micrófonos, Iñaki Gabilondo, quien suele decir que para saber cómo será la radio del futuro lo que hay que saber es cómo será la sociedad del futuro. Y eso es porque ha demostrado una capacidad de adaptación fuera de lo común.  Una habilidad que, además, le ha permitido salvarse de la quema a la que se están viendo abocados, entre otros, sus hermanos del papel.

Pensadlo por un momento: hemos leído y discutido hasta el infinito sobre el fin del modelo de negocio de los periódicos de papel; sobre las dificultades de los medios que viven en el entorno digital o sobre si la televisión generalista que gana dinero a espuertas también tiene fecha de caducidad por la llegada de los netflix de turno… pero la radio tiene muy poca literatura al respecto. Todos hemos dado por hecho que es capaz de superar lo que se le ponga por delante y que sigue gozando de una salud más o menos estable y va camino de robustecerse.

No todo es idílico. La radio que conocemos no tiene casi nada que ver con la que había antes de esta crisis de tintes glaciares. Después de años con márgenes de beneficios que llegaban a impresionar, las plantillas de las principales empresas (Ser, Onda Cero, Cope…) han adelgazado fruto de la crisis y el periodismo más próximo y cercano ha pasado a un segundo plano en favor de unas parrillas saturadas de opinión de low cost, con el resultado de que las emisoras han focalizado sus esfuerzos en sus redacciones centrales dejando semivacíos los centros regionales y locales, con la consiguiente pérdida de calidad.

Pero el caso es que, pese a todo, la radio está sobreviviendo, y con fuerza, a la transformación digital y ha sido capaz de adaptarse a ella y a los cambios en los hábitos de consumo de la información de los ciudadanos. Os paso, para atestiguarlo, un dato que he leído hace unos días en El Español: la facturación del sector creció un 3% entre enero y septiembre del presente año. Si dejamos de lado a los dos gigantes del duopolio televisivo, ¿conocéis algún ejemplo de mejora publicitaria como éste? Ya quisiéramos, pero no.

Las cuentas de los medios de prensa siguen en caída libre y los despidos se suceden mientras los editores se devanan los sesos en busca de nuevas ingresos que mitiguen el derrumbe. Pero la radio, sin embargo, sí se salva de esta quiebra generalizada.

¿Por qué? Por aquí aporto un par de posibles razones:

En primer lugar, se trata de un soporte que, como señalaba al principio, ha sabido adaptarse a las transformaciones digitales y las ha incorporado con naturalidad a las parrillas de la programación. Basta escuchar cualquier programa. Todos integran sus redes sociales, emiten audios de voz de sus oyentes o leen correos electrónicos de los mismos. Y los más avanzados, empiezan a hacer incursiones en los podcast y buscan ingresos publicitarios en las nuevas formas de hacer radio en internet. En suma, no sólo no le ha hecho ascos a la digitalización como si éste fuera el Armageddon que iba a acabar con ellos sino que la ha sabido llevar a su terreno.

Un valor refugio para los anunciantes

Y, en segundo lugar, aunque pueda parecer paradójico en esta era en la que las transformaciones y las innovaciones navegan en fibra óptica y en tiempo real, la radio sigue teniendo un valor añadido que viene de fábrica: sigue siendo el único soporte que se consume mientras se hace cualquier otra tarea, ya sea trabajar en una oficina de la Seguridad Social, tender la ropa mojada o conducir un camión.

Este factor adquiere ahora un valor aún mayor porque le permite a este soporte no tener que competir en esta guerra feroz por la atención en la que se han embarcado el resto de los medios. Hoy en día, los medios compiten entre sí, pero luchan también por el tiempo que consumen los ciudadanos viendo memes en sus grupos de whatsapp, cotilleando fotos en Instagram, viendo titulares en Twitter o jugando con la última aplicación de juegos que se haya puesto de moda.

La radio no entra en ese juego. Y eso le ayuda, pues la convierte en un valor refugio para los anunciantes. Sigue siendo un soporte que transmite credibilidad, cercanía y calidez. Sigue siendo una radio de autor en la que alguien que te cuenta una historia y alguien la escucha, estableciendo un cordón umbilical de confianza y una sensación de pertenencia a una comunidad, la de los oyentes, que vale cada día más en un entorno tan cambiante, veloz y huidizo como el que vivimos en esta era de la explosión digital.

Darwin, los medios, la prueba y el error

El periodismo vive instalado en la ansiedad por razones en las que no hace falta seguir profundizando. El modelo tradicional de negocio está roto y, salvo algunas empresas informativas alérgicas a la innovación y al cambio, la mayor parte de éstas se afanan ya en probar nuevas iniciativas que sorteen el derrumbe y permitan hallar una salida viable para el mayor número de medios de comunicación… y para las dos o tres generaciones de periodistas que se están quedando por el camino, expulsadas del mercado o víctimas de la precarización.

Vivimos en la era de la prueba y el error constante. Estas mismas empresas ahora conviven con nuevos medios y plataformas que buscan también su lugar en un ecosistema, el de las noticias, en el que sólo las televisiones parecen aguantarle el pulso a Google y a las redes sociales.

Todos buscan su pedazo de pan… y nadie garantiza que haya pan para todos.

Los ingresos menguan, pero cada vez hay más competidores que pujan por ellos. Y algunos de estos últimos son fuertes y omnipresentes como un Gran Hermano orwelliano. ¿Quién es capaz de competir con Facebook?

Así, si empezamos a tener una certeza, es que igual estamos chocando contra un muro y que, de tanto darnos de cabezas con la realidad, hemos perdido unas neuronas muy valiosas que nos hubieran permitido darnos cuenta de que nuestro problema no es de modelo de negocio o de competencia, sino directamente de producto. No somos capaces de ganarnos la atención de nuestros antiguos cómplices: los lectores.

La mayoría de los consumidores habituales de información, los que antes leían su periódico en un bar y los domingos volvían a sus casas atiborrados de revistas de fin de semana, le han dado la espalda a los productos de siempre y han dado también muestras más que sobradas de que no piensan pagar un solo euro por los emergentes, ya sean medios digitales, factorías de contenidos, emisoras de radio o televisión o hasta nuevas revistas o periódicos de papel. Les basta con picotear lo que les llega a sus teléfonos móviles a través de sus redes sociales y lo que ven en alguna televisión cuando se ponen delante del sofá y poco más. Que paguen otros.

A la mayoría de los ciudadanos les importa un comino si desaparecen algunos medios y desde luego van a hacer muy poco por evitarlo. Como dice Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Y puede que lo que no tenga remedio sea el mapa actual de los medios de comunicación tal y como lo conocemos ahora.

Menos likes y más suscripciones

FacebookLikeCropped.jpgLa solidaridad, la caridad o la subvención generalizada no son modelos de negocio. Y si alguien piensa que hay que ayudar a los medios porque son la piedra de bóveda de la democracia y expresiones similares, le pediría lo de siempre: menos likes pastoriles en las cuentas sociales de esos medios y más suscripciones en sus cuentas bancarias. Que se comprometan y que demuestren que su compromiso no acaba en los lazos solidarios que invaden los muros sociales.

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Pero ésa es otra historia. Y la de ahora no va de quejarse de la supuesta falta de compromiso de los potenciales lectores o espectadores, sino de asumir la necesidad y la obligación que tienen los medios de insistir en esa prueba y error hasta lograr fórmulas que permitan a los medios volver por la senda de la viabilidad.

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No es fácil hacerlo a la misma vez que se pagan las nóminas y los gastos corrientes de las redacciones, pero la alternativa a no intentarlo es, casi siempre, peor: a la larga, el cierre y la desaparición.

¿No sería mejor entonces ser más flexibles mentalmente, adaptándonos a esta nueva realidad, y seguir intentándolo hasta que encontremos una salida entre tanta prueba y error? Darwin decía que no sobrevivían los más fuertes sino los que mejor sabían adaptarse a los cambios. ¿Quién nos dice que su teoría no vale para los medios de comunicación?

 

Cuando se muere un medio como Bez

El periódico Bez cierra. O para ajustarnos mejor a estos tiempos, desde esta semana deja de actualizarse. En su tiempo de vida, dos años, ha huido de la saturación y del seguidismo informativo. Su oferta ha sido selectiva y basada en tres premisas: una selección cuidada de textos (no más de seis artículos diarios), contenidos no atados a la agenda mediática y un tratamiento reposado de la actualidad.

Ha cumplido con una de las reglas de los nuevos medios nacidos en el ecosistema digital: la búsqueda de una voz propia y alejada de los clicks  facilones con la que hacerse ese hueco deseado en un mercado como el periodístico en el que la oferta es infinita y la demanda sigue siendo la misma. Y ha dejado en estos dos años de vida un buen puñado de artículos muy interesantes y que invitaban a la reflexión como sociedad. O sea, ha hecho sus deberes. Y los ha hecho muy bien.

Pero no le ha bastado.

Sus promotores basaban su modelo de negocio en los ingresos que podrían llegar por publicidad y patrocinios, pero éstos no han llegado en cantidad suficiente para pagar los costes del proyecto y esto ha derivado en la decisión de dar por cerrada esta aventura periodística. 

Fin de la historia. Bez buscó su lugar en el mundo, pero cuando llamó a la puerta  del público con un proyecto que se presumía atractivo, la respuesta no fue la ansiada. O mejor dicho, le dijeron que podían vivir sin él. Que no les necesitaban.

Seguro que los accionistas y editores del proyecto harán toda la autocrítica necesaria para entender por qué ha fracasado (¿conocían la comunidad a la que se dirigían? ¿estaban suficientemente focalizados? ¿no eran un portal de nicho, pero tampoco eran en sí un generalista?…y, por cierto, ¿quiénes eran los que ponían el dinero?), pero convendría que no se flagelaran en exceso.

Donde ellos han fracasado, lo han hecho otros antes y lo harán otros después. Y una parte de la culpa será suya, pero otra parte mucho mayor será del contexto en el que se mueven a día de hoy todos los medios de comunicación sin excepción.

No olvidéis algo importante: aquí lo que está en discusión no es si un medio pequeño que persigue la calidad es capaz o no de hacerse un hueco en el mercado del periodismo en España (Bez no lo ha logrado, pero otros sí); lo que está en discusión es el modelo de negocio que todos hemos entendido que era “el modelo de toda la vida de los periódicos”, o sea, aquél que pivota sobre la publicidad y, en menor medida, sobre los patrocinios y eso que de modo eufemístico llamamos “los grandes acuerdos publicitarios” con las instituciones públicas y privadas.

Bez no ha nacido en una fecha cualquiera.

Se ha gestado en el par de años que más han cambiado la historia del periodismo desde que Gutenberg empezó a pensar en cómo maquinar su imprenta.

En estos dos años, hemos visto cómo los móviles han destronado a los ordenadores de sobremesa y cómo las plataformas sociales se han convertido en la nueva plaza pública donde los ciudadanos se informan y se entretienen. Hemos comprobado cómo las visitas a las portadas de los medios digitales caen en picado y cómo la publicidad se traslada en masa a Google y Facebook. Hemos asistido a una epidemia de patrañas 4.0 a la que hemos denominado la posverdad. Y, por último, hemos asumido que lo viral vende más que la calidad y que las noticias que más valen son las que más se comentan en nuestros grupos de WhatsApp. 

Y con este panorama, ¿de verdad os puede extrañar que muchos medios caigan, entre ellos uno pequeño al qque no le han salido las cuentas ? No, lo que os debería de extrañar a todos es que no hayan caído muchos más, entre ellos, algunos de esos transatlánticos que llegan a fin de mes renegociando una y otra vez sus deudas con los bancos.  

Vivimos en plena transición de modelos y muchas de las marcas que ahora están en el mercado serán historia dentro de no mucho tiempo y otras las reemplazarán. Puro darwinismo, el de siempre, pero ahora con el marchamo de lo digital. Las marcas periodísticas que se hagan imprescindibles para un grupo de lectores/ciudadanos sobrevivirán y las que no, pues dejarán de actualizarse y se acabó. Es lo que ha pasado con este portal y lo que le va a pasar a unos cuantos más. ¿Que es difícil de digerir? Pues sí, pero mucho peor sería no aceptar la realidad.

Desde aquí, les deseo muchísima suerte a quienes se han lanzado a esta aventura y les traslado mi admiración. Sólo fracasa el que no lo intenta. Ellos lo han intentado y seguro que lo vuelven a intentar. Ojalá que el éxito les llegue. Estaremos atentos.

Lo que le faltaría a un androide para ser un buen periodista

Leo en el portal de tecnología Genbeta que Google ha logrado desarrollar un software que permitirá que los robots de inteligencia artificial puedan redactar y distribuir unas 30.000 noticias locales al año. Algún buen amigo ha afirmado en su cuenta de Twitter que eso aliviará a los periodistas, pues se podrán dedicar a tareas que aporten valor añadido y dejarán las noticias más alimenticias y las tareas más ingratas a cargo de estos robots con ínfulas de editores o de redactores de cierre.

Bueno, pues sí, no soy nada antitecnológico, así que asumo que puede que este y otros colegas están en lo cierto y que la llegada de estos androides descargará a muchos compañeros de la edición de unas cuantas noticias con las que jamás ganarían un premio internacional de periodismo.

No hay, pues, de qué asustarse.

Por aquí puede ir una parte del futuro de las noticias y hay que asumirlo. Los robots también pueden ayudar al periodismo. Y ya están aquí.  No son ciencia ficción ni el argumento de una teleserie futurista. Empiezan a ser el presente. Y el que antes lo vea, puede disfrutar por un tiempo de una ventaja competitiva en un sector donde, por ahora, importa más la cantidad que la calidad, los clikcs facilones más que los artículos de fondo y el espectáculo antes que la información.

Web Tinta digital
Web Tinta Digital

Pero tampoco caigamos en el papanatismo cibernético de pensar que los replicantes de Blade Runner sustituirán a los periodistas, como si pudiesen ser reemplazadios simplemente comprando algún programa informático en El Corte Inglés o en Amazon.

No hay un Mátrix mediático

Un periodista androide, por llamarlo de alguna manera, puede que redacte noticias, pero eso no le va a convertir en periodista ni en nada que se le parezca mínimamente.

Los robots nacidos de la inteligencia artificial pueden jugar al ajedrez mientras que procesan la información almacenada en la telaraña global de la red, pero elaborar informaciones contrastadas, aportar contexto, interpretar la realidad y filtrarla y jerarquizarla con criterios periodísticos es algo que, por ahora, sólo está al alcance de los periodistas a los que le corre sangre por las venas y no microbytes de última generación.

Así que menos deslumbramientos, que tampoco es que hayamos entrado en la era de un Matrix mediático.
La tecnología nos ayudará a hacer mejor información, pero no va a sustituir por ahora ni a los periodistas ni a los periódicos. Al menos, mientras sigan sin tener el alma, el talento y la garra que se necesitan para hacer el mejor periodismo posible.

El periodismo y el imperio del ‘todo gratis’

Fuente: Wendy Wong writer

Leo en la cuenta de Twitter del profesor de empresas de comunicación Alfonso Vara los resultados del informe del Digital News Report de 2017 y no puedo más que preguntarme que de dónde demonios hemos sacado que los ciudadanos están ahora más dispuestos a pagar noticias que antes. El efecto Trump ha cegado nuestra capacidad de análisis. Hemos visto que grandes periódicos como The New York Times o The Washington Post han incrementado de forma considerable su número de suscriptores tras la llegada a la Casa Blanca del excéntrico millonario y hemos pensado que se trataba de una tendencia general y que, poco a poco, una parte cada vez más importante de la opinión pública se estaba concienciando de que, si queremos tener una prensa de calidad que sea capaz de ejercer de contrapeso de los poderes establecidos y de conciencia crítica de una sociedad formada e informada, había que pagar por ella.

Pues no. No es así. El efecto Trump ha sido un espejismo de corto alcance y para nada exportable al resto de los países. Es cierto que cada vez hay más gente que paga por esa prensa de calidad, pero el porcentaje global de personas dispuestas a pagar por un producto periodístico no crece sino que, por el contrario, disminuye. Aquí va un gráfico que tomo prestado de la Universidad de Navarra:

Universidad de Navarra. Gráfico del Digital News Report 2017.
Universidad de Navarra. Gráfico del Digital News Report 2017.

Los números no engañan: baja el porcentaje de personas dispuestas a pagar por las noticias. ¿Os sorprende? No creo. Los discursos grandilocuentes sobre el compromiso con el periodismo están a la orden del día, pero una cosa son las palabras y otra la realidad. No hay que irse muy lejos para comprobarlo. En España, la venta de ejemplares de pago de la prensa de papel sigue en su curva descendente y el número de suscriptores e productos digitales sigue siendo muy exiguo e incluso marginal.

Lo mejor, por tanto, es que hagamos un ejercicio de sinceridad autocrítica y aceptemos la realidad: un porcentaje muy alto de los lectores jamás va a pagar por las noticias. ¿Es preocupante? Bueno, a mi juicio, no. A mi juicio, lo que es preocupante es seguir insistiendo en una idea a sabiendas de que no es real ni lo va a ser nunca.

La realidad, lo quieran o no, es lo que se intuye en este otro gráfico:

Universidad de Navarra
Universidad de Navarra

¿Tenéis dudas de que el imperio del todo gratis sigue funcionando a todo trapo en la industria de la comunicación?

Los medios de comunicación pueden basar sus modelos de negocio en sistemas de pago si asumen que sólo pagará una minoría. Pero también tienen que empezar a trabajar en la búsqueda de nuevas fórmulas de ingresos que vayan más allá de las ventas diarias de ejemplares o de las suscripciones digitales, habrán empezado a encontrar su lugar en el nuevo ecosistema digital.

Se trata de no poner tanto el acento en nuestras debilidades sino en cómo aprovechar las fortalezas de unas marcas que pueden seguir siendo rentables en un negocio que se basa en la confianza y en la credibilidad. Aquellas marcas que sean capaces de ‘monetizar’ esa confianza por vías más innovadoras, seguirán adelante. Y aquellas que sigan pensando que pueden sobrevivir a base de quedarse con las últimas migajas de la publicidad y del pago de las noticias, no hace ni falta ni que les diga lo que les espera.

Las añoranzas y temores de un maestro del periodismo

Juan Cruz. El País

Leo una entrevista que le hacen los compañeros de El Diario Vasco a un periodista y escritor a quien admiro y a quien sigo desde que empecé a interesarme por la lectura de los periódicos. Se trata de Juan Cruz, cuya historia personal es también la historia del diario El País y la memoria de las cuatro décadas de la España democrática. En la conversación, el veterano periodista desgrana sus ideas sobre los males que aquejan al periodismo actual y pasa revista al derrumbe del modelo de negocio de la prensa escrita, la proliferación de las noticias falsas como instrumento para la manipulación de la opinión pública, el griterío ensordecedor de Twitter o la falta de jerarquía informativa de un mundo informativo donde todo parece valer lo mismo.

Juan Cruz no es un talibán del papel que reniegue de internet como si fuera el Satán que destruyó su paraíso y sus críticas son atinadas: describe males reales y las consecuencias también reales de esos males. Pero utiliza el bisturí con un punto de añoranza que no ayuda a asumir que no hay vuelta atrás en el cambio que vive la industria del periodismo y que esa etapa en la que los periódicos de papel monopolizaban la información que se trasladaba a los ciudadanos ya es historia. Aunque le duela, ya es historia.

Juan Cruz pone el acento, por ejemplo, en que “nada explica mejor la vida que un periódico de papel” y no le voy a llevar la contraria. Seguramente, uno de los puntos fuertes que le queda a los periódicos de papel es su capacidad de poner orden en el caos de la información, saber separar lo importante de lo que no lo es, y de aportar a los ciudadanos un relato coherente y fiable de la actualidad.Pero es que el problema para estos periódicos es que cada vez es menor el número de ciudadanos que están dispuestos a recibir su dosis diaria de información en un formato de papel y que, sin esa masa crítica dispuesta a pagar por un producto industrial como es el número diario de un periódico, ese negocio no tiene otra opción que adaptarse y transformarse o morir.

Foto. Web eldiario.es
Foto. Web eldiario.es

Y en cuanto a sus críticas a Twitter y a toda esa conversación global que se convierte en un gallinero donde vence quien más grita y quien dice la tontería más demagógica y tribunera del barrio, pues la verdad es que se parece a quienes denostan la televisión olvidándose de que el problema no son las herramientas sino el uso que se le da.

Twitter puede ser el paraíso de cualquier troll o aprendiz de imbécil con ínfulas y dispuesto a escupir su bilis detrás del anonimato de un apodo, pero también es una herramienta prodigiosa como no he conocido nunca para informarse, para compartir información o para conversar con gente a la que nunca soñé con conocer. ¡Aprovechemos lo mejor que tiene¡

Y en lo que sí que estoy de acuerdo a pies juntillas con el gran Juan Cruz es en la necesidad de volver a nuestros orígenes en el modo de ejercer esta profesión. Tal vez nos estemos deslumbrando con todo lo nuevo que se nos está poniendo por delante y nos hemos olvidado de lo esencial del oficio. Copio literalmente sus palabras y os recomiendo que las leáis de vez en cuando. En el periodismo, se trata de “volver a lo básico, a que no se pueda publicar cualquier cosa sin haberla contrastado, a evitar los lugares comunes, a defenderse de las medias verdades, de aquello que crees que es verdad pero no tienes constancia de que es verdad… Volver en definitiva a los elementos del periodismo trazados en el libro del mismo nombre que escribió Bill Kovach, donde explica cómo vivir en el oficio sin mala conciencia: comprobando, haciendo contraste entre unas fuentes y otras y, sobre todo, teniendo en cuenta la relevancia de lo que hemos de contar”. Por dios, ¿hay algún periodista que no esté de acuerdo con lo que dice aquí este maestro y apasionado del mejor periodismo?

P.D.  Juan Cruz ha desarrollado estas reflexiones en un libro que ha publicado recientemente y que se titula ‘Golpe de vida’. Seguro que su lectura es imprescindible para todos los que amamos este oficio.

Escribiendo sobre el periodismo y el ‘síndrome de la plañidera’

He escrito hoy en el portal de tecnología Nobbot sobre una de mis ‘obsesiones’ recurrentes: la necesidad de que los periodistas aceptemos el cambio disruptivo que ha cambiado nuestro modo de trabajar y el modelo de negocio sobre el que ha pivotado el ejercicio del periodismo durante la era de la imprenta. Y lo hago desde la perspectiva de quienes siguen aquejados de esa especie de síndrome de la plañidera que nos invita a quejarnos permanentemente de lo mal que nos va todo y de quienes, por el contrario, han decidido que hay que dejar a un lado los lamentos y dedicarse a explorar nuevas posibilidades de hacer periodismo y buscar nuevas vías de ingresos que hagan sostenible su ejercicio.

Si os apetece leerla, os paso por aquí la reflexión:

Los periodistas somos devotos seguidores de la religión del ombligo. Nos gusta regodearnos en los males que nos aquejan. Por cada problema, un lamento antes que una solución. Somos víctimas del síndrome de la plañidera. Y nos cuesta desembarazarnos de él por mucho que asumamos que así no vamos a lado alguno.

Internet ha destrozado el modelo de negocio gracias al que hemos vivido los últimos dos siglos (del dios Gutenberg hemos pasado al dios Zuckerberg) y ahora deambulamos a lágrima viva por las redes sociales mendigando el cariño de los lectores que antes leían las páginas de nuestros periódicos y ahora se conforman con picotear lo que les llega a sus muros de Facebook o a sus cuentas de Twitter, sin importarles demasiado, por cierto,  si lo que leen ha pasado por un mínimo control de verificación o se trata de una intoxicación salida de alguna granja de noticias falsas.

Leer más:

El periodismo plañidera

 

 

Seguir leyendo “Escribiendo sobre el periodismo y el ‘síndrome de la plañidera’”

El ‘tsunami suscriptor’ de los periódicos

Recreación de tsunami. Fuente: eltiempo.es

Me ha llamado la atención un párrafo de la entrevista que le ha concedido al diario Abc el director ejecutivo de la web Politico, Matthew Kaminski, en el que habla sobre los posibles modelos de negocio para el periodismo. Dice así: “ Si un periódico está ligado a cierta familia política, no puede dejarlo pasar, y los directivos deberían ser listos para aprovecharlo: con anuncios, eventos, charlas, viajes, acuerdos especiales… Solo tienen que pensar en sí mismos como en clubs”.

Mathew Kaminski. Foto: abc.es
Mathew Kaminski. Foto: abc.es

Esta última frase me hace pensar. O sea, que de lo que se trata es de volver a empezar, de regresar a los orígenes para ganar el futuro. Bien, pues entonces pensemos más en la calidad de quien nos visita que en la cantidad. Mejor atender a los lectores recurrentes, fieles y comprometidos que a aquellos que llegan al picotear una noticia en una red social y que tal y como vienen se van. No está mal, ¿no?

En realidad, lo que sostiene Kaminski, y con él tantos expertos que denuncian la carrera suicida por los clicks en la que se han metido la mayoría de los medios, es que volvamos a hacer lo que hacían antes los periódicos que tenían una comunidad de lectores que se fiaban de lo que publicaban: crear un club de suscriptores a los que ofrecerles contenidos extra a cambio de una contraprestación económica.

La idea se abre camino a palos, no por convicción. La gran mayoría sabe que no puede emular al New York Times y su afamado sistema de suscripciones (dos millones de suscriptores digitales y la ambición de llegar a los diez millones) y, por eso, preferiría seguir insertando anuncios, anuncios y más anuncios en sus webs.

Pero hay un problema tectónico: el negocio no da para más.

Google y Facebook ya se han hecho los dueños del mercado publicitario con una oferta que es imbatible para los medios (precios más baratos+segmentación de usuarios+retorno de la inversión para el anunciante) y, para completar la ‘tragedia’, el crecimiento de los bloqueadores de publicidad ha hecho el resto: o los medios buscan nuevos cotos donde cazar ingresos o pueden despedirse dignamente de sus lectores. De ahí esta nueva lucha por aumentar las suscripciones y por enganchar a los lectores a base de notificaciones y de alertas y boletines electrónicos de noticias.

La publicidad como pivote central del negocio de los periódicos vive su final. Y de la lucha por las visitas estamos pasando a la lucha por la atención de los lectores, a los que pedimos casi llorando que se apunten a algunos de nuestros servicios.

Este nuevo planteamiento de los medios que se están apuntando a este ‘tsunami suscriptor’ es correcto por la simple razón de que se adapta a la realidad del entorno en el que se mueven las noticias, pero empuja aún más hacia el redimensionamiento a la baja de la estructura de la mayoría de estos medios.

En su mejor época, cuando los periódicos tenían el monopolio de la distribución de las noticias, la publicidad pagaba grandes redacciones. Hoy, ni lo que queda de la publicidad ni los modelos alternativos de pagos por noticias garantizan la viabilidad de las plantillas.

Y eso se traduce en más y más despidos en las grandes cabeceras y en el nacimiento de nuevos medios con estructuras más pequeñas, más flexibles…y con una comunidad más fiel que se articulará, tal vez, a través de los clubes de suscriptores, socios, amigos o como queráis denominarles.

La lástima no es un modelo de negocio para el periodismo

Circula profusamente por las redes sociales un artículo de la edición en español del The New York Times titulado “La miseria del mejor oficio del mundo” en el que se describe con minuciosidad la precariedad en la que viven miles de periodistas en Hispanoamérica. El artículo, firmado por Roberto Herrscher, recalca algo que es objetivamente comprobable y asumido por todos: la crisis económica y la crisis de los modelos de negocio de los medios tradicionales propiciada por la socialización de internet han derrumbado el sistema de medios y deteriorado la situación de muchos compañeros de profesión.

El texto es muy recomendable, pero, desde mi punto de vista, cae en el mismo error que otros tantos: se queda en el diagnóstico de la realidad, describiendo la situación lastimosa en la que viven miles y miles de periodistas, pero no hace hincapié en las soluciones y alternativas que ya se están aplicando desde distintos lugares de la industria.

De hecho, discrepo también del punto de partida de la cuestión: no se trata de que estemos viviendo una crisis del periodismo por el auge de internet, sino de que, tal vez, la crisis sea sólo un síntoma de algo mucho más grande, de un cambio de época capaz de llevarse por delante a todo aquel que no se adapte a las nuevas circunstancias de un ecosistema informativo que reclama medios de comunicación y profesionales más flexibles y más abiertos a los cambios.

Estamos en plena transición de un ecosistema de medios basado en la invención de la imprenta a otro ligado a los cambios continuos de internet.  Y esta transformación, como era previsible, está dejando unos cuantos cadáveres en el camino en forma de periódicos, revistas y emisoras que han cerrado.

La denuncia de esta situación es legítima y necesaria, pero también puede llegar a ser estéril.

A los periodistas no nos van a pagar mejor sólo porque denunciemos nuestra sittuación con vehemencia y emoción o porque logremos que una parte de la audiencia se apiade de nosotros (la lástima no es un modelo de negocio). Tenemos que ser nosotros quienes busquemos modelos de negocio sostenibles y adaptados a la nueva realidad que nos ayuden a salir de esta situación tan delicada.

Y lo que digo no es una utopía. El mismo artículo del New YorK Times cita ejemplos en español como el de eldiario.es, La silla Vacía o El Faro que han encontrado su lugar en el mundo con propuestas innovadoras. Y a esa lista habría que añadir las decenas y decenas de nuevos proyectos que han sabido ganarse su hueco en el mercado generando empleo digno (os cito tres ejemplos que se me vienen a la mente: El Confidencial, El Desmarque y los portales de Weblogs) y, de otra parte, habría que agregar a tantas grandes compañías que están acometiendo sus proyectos de transformación y ya empiezan a tener más ingresos en el entorno digital que en el impreso.

En conclusión, tenemos razones para la queja, pero no vivimos un apocalipsis de precariedad (estamos peor que en los noventa y que en los primeros años del siglo XXI, pero que le pregunten a los periodistas de principios y mediados del siglo XX si vivían mejor que los de ahora) y, en segundo lugar, tenemos que centrarnos no sólo en denunciar lo que sufrimos, sino en devanarnos los sesos para buscar soluciones, que seguro que es mucho más productivo y práctico que anclarse en las denuncias de los males que nos aquejan y nos acechan.

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El dilema real del periodismo: o te adaptas…o desapareces

Pixabay

Un recomendable artículo de José A. García Avilés sobre innovación periodística me hace preguntarme si los periodistas asumimos ya de forma generalizada la necesidad de innovar y experimentar formatos y propuestas para buscar nuevas audiencias e ingresos que permitan financiar el periodismo que siempre hemos querido. Y la respuesta a tal cuestión es que no lo hemos hecho todavía, pero que, a costa de que me digáis que soy un optimista antropológico, podemos ya afirmar que empezamos a estar en el camino más o menos correcto.

Hasta no hace tanto, el debate público sobre el futuro del periodismo estaba marcado y dirigido por quienes, ejerciendo de plañideras mediáticas, utilizaban sus altavoces para contarle al mundo lo terriblemente mal que lo estábamos pasando los periodistas con la llegada de internet y el cambio en los hábitos de consumo de la información, descritos como una suerte de plaga bíblica contra la que no había antídoto posible.

Pero esa mirada tan apocalíptica, que tenía su razón de ser en un oficio carcomido por los despidos y la precariedad, ha dejado de ser la predominante.

Seguimos escuchando quejas legítimas sobre el estado de la profesión, pero los lamentos conviven con miradas más esperanzadoras de la realidad y los agoreros que predican el fin del periodismo han sido desplazados en la atención pública por quienes han decidido que, antes que dedicarse a llorar y llorar, es mejor dedicar también parte del tiempo a buscar nuevas formas de hacer periodismo y de financiarlo.

A la queja por sistema le ha relevado la experimentación y la innovación casi que por decreto.

Sin dejarnos llevar por el postureo de pensar que todo lo nuevo es mejor que lo antiguo (no, no hay que estar obligatoriamente en Snatchap para estar a la última) o que hay que aplicar en los medios todo aquello que se ponga de moda.

Pero también despojándonos de los prejuicios y de los tópicos preconcebidos que forman parte del fondo de armario de cualquier periodista, ya sea de quienes siguen pensando que los lectores volverán en masa a los quioscos en busca de periódicos de papel cuando salgamos definitivamente de la crisis o que sea quienes pertenecen a esa nueva tribu periodística que ha decidido explicarnos a todos los demás lo importante que es que se verifique si una noticia es falsa o es verdadera (pues claro, amigos, para eso somos periodistas).

La innovación, en cualquier caso, tiene más que ver con las actitudes que con las aptitudes. Y si hablamos de periodismo, más todavía. Aquí no se trata de ir a un hipermercado a comprarse una caja con herramientas nuevas que te permitan montar en tiempo récord un armario para el dormitorio de la niña.

Se trata de algo que tiene que ver menos con la tecnología y más con la psicología, se trata de tener una actitud mental despojada de prejuicios atávicos sobre lo que es ser periodista, libre de complejos y dispuesta a un par de cosas ligadas entre sí: una actualización permanente sobre los cambios de la industria y una actitud flexible y constante ante la necesidad de adaptarse de forma permanente a los cambios que se suceden en el oficio.

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Hace unos años nos asustábamos por la llegada de internet; ahora estamos viendo cómo las plataformas sociales son las nuevas plazas públicas donde la gente va a buscar la información y cómo Google y Facebook se están comiendo la publicidad que antes daba de comer a los periódicos; y en el futuro… pues la verdad es que no tenemos una idea clara de lo que pasará.

Pero no hay que tener miedo. O al menos no más del necesario. Venga lo que venga, lo que toca es asumir que los periodistas vamos a pasarnos la vida adaptándonos a las nuevas circunstancias y buscando la manera de conectar con nuestras audiencias y lograr con ellas la confianza y el compromiso necesarios para poder seguir financiando el periodismo de calidad que todas las organizaciones que se precien tienen como objetivo.

Los desafíos son los que son y no van a desaparecer porque cerremos los ojos ante ellos. Así que es mejor que aceptemos el principio de realidad y nos vayamos adaptando a lo que hay y a lo que pueda haber dentro de no tanto tiempo. Y eso sólo se consigue, pese a lo mal que está la profesión, con una actitud realista pero positiva y con un espíritu abierto a los cambios y, por supuesto, a la innovación.

Si quieres vivir del periodismo, abónate a la calidad

A través de la cuenta en Twitter de la periodista Soledad Alcaide, llego a las conclusiones más relevantes que ha sacado el periodista Ismael Nafría de la celebración en Austin (Texas) de uno de los congresos más importantes sobre periodismo que se celebran en el mundo: el simposio internacional sobre periodismo digital (ISOJ).

Comparto todas las afirmaciones de Nafría, y en especial la última de ellas: “El periodismo, así en mayúsculas, ha vuelto. Medios grandes o pequeños, antiguos y nuevos, de países estables o en las que la prensa está perseguida, están entendiendo que apostar por el periodismo de verdad, de calidad, es la única vía para recuperar la confianza del público y poder generar así un negocio sólido”.

Lo que dice es de sentido común; si se quiere, hasta una obviedad. Pero hemos manoseado tanto el ejercicio del periodismo y hemos aceptado tanto que hay que hacer lo que sea para lograr la audiencia que hemos terminado por olvidar lo esencial: el periodismo no es una rama del espectáculo en el que lo único importante es lograr al precio que sea el mayor número de clicks para poder vender la publicidad al peso, sino que sigue siendo un oficio en el que lo más importante es forjar un vínculo de credibilidad y confianza con las personas a las que prestas servicio, convirtiendo así a la audiencia en una comunidad que se pueda identificar con el medio que consume.

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El derrumbe del sistema de negocios tradicional de las noticias ha dado paso a un ecosistema en el que los medios conviven con las redes sociales y con los motores de búsqueda como Google y también compiten con ellas para atraer la publicidad.Pero no son los únicos depredadores nuevos a los que tienen que enfrentarse. El terreno también está abonado para que cualquier cínico con un buen ojo clínico monte cualquier empresa de fabricación de noticias falsas y se forre.

Y el resultado es que los medios han sido desplazados del centro de la conversación, tienen que buscar nuevas vías de ingresos más allá de la publicidad y, encima, han que luchar en un campo en el que los lectores ya empiezan a no distinguir si lo que lee, ve o escucha es verdad o es mentira.

Con este panorama, se puede entender que haya quien haga descripciones y análisis cenizos sobre por dónde irá el futuro del periodismo, pero se trata de ejercicios tan exagerados como estériles.

No estamos ante un tiempo apocalíptico para el negocio de las noticias, sino ante una era de cambio en el que muchas organizaciones tradicionales (y otras que no lo son tanto) pueden caer por su falta de flexibilidad, pero en el que también se adivinan muchísimas oportunidades de hacer periodismo que antes no se podían vislumbrar por una cuestión tan sencilla como que se necesitaba mucho dinero para montar un periódico, una radio o una cadena de TV.

En lo que toca a la credibilidad de los medios, podemos y debemos dedicarnos a denunciar con un celo desatado a quienes fabrican mentiras y a cazar a los fabricantes de bulos, pero más allá de desenmascarar a quienes han hecho de la mentira su modelo de negocio, lo que toca es, sobre todo, recordar de qué va lo que hacemos y entender que, a día de hoy, cualquier posibilidad de hacer viable un negocio de noticias requiere de dos premisas básicas:

En primer lugar, la capacidad de adaptación, innovación y experimentación (ya nada va a ser como antes) y, en segunda instancia, la recuperación de valores tan consustanciales al oficio como los de la honestidad y la rigurosidad en el tratamiento de la información y en nuestra relación con los lectores, que son los únicos gracias a los cuales se pueden construir audiencias y comunidades que sobrevivan en el largo plazo, que es, al fin y al cabo, lo que quieren todos los que se dedican a este negocio y quieren vivir de él un buen puñado de años.

Cómo demonios ganar dinero con el periodismo

Pixabay.com

Salta un titular del presidente del The New York Times en el que afirma que “la gente pagará por las noticias” y, casi de repente, la entrevista publicada por El Mundo con Mark Thompson empieza a viralizarse por las redes sociales del mismo modo que se compartiría un descubrimiento científico de primer orden para erradicar alguna enfermedad maligna o la concesión de algún prestigioso galardón para algún caballero o dama de las letras o de las ciencias.

Mark Thompson, presidente de The New York Times. Foto: web de The Guardian.
Mark Thompson, presidente de The New York Times. Foto: web de The Guardian.

En la entrevista, Thompson disecciona el modelo de negocio del rotativo neoyorkino y hace predicciones muy sugerentes sobre la industria del periodismo. Y, pese a lo que pueda desprenderse del titular, no juega a ser un gurú dispuesto a certificar con toda rotundidad qué año, qué día y a qué hora desaparecerán los periódicos de papel de la superficie de la tierra.

Ofrece sus opiniones y punto. Con brillantez, sí, pero sobre todo con prudencia y sin dogmatismos. Y, sin embargo, sus declaraciones se han expandido como si el que hablara no fuera un curtido directivo de medios que sabe lo que se trae entre manos (antes la BBC y ahora el The New York Times) sino directamente un Moisés redivivo que bajara del Monte con las tablas de los Diez Mandamientos necesarios para afrontar la transformación del periodismo.

La pregunta que nos tenemos que hacer, entonces, es por qué tanta agitación en torno a sus palabras.

Es evidente que una razón objetiva es que quien traza la tendencia de por dónde irá esta industria no es precisamente un mindundi con ínfulas de Ciudadano Kane sino un señor que dirige la organización de noticias más prestigiosa del planeta, un periódico que, además, está reinventándose con éxito en esta era digital (muy interesante, por cierto, el libro de Ismael Nafría sobre esta reinvención).

Pero creo que no es la única razón. Hay otras y también de calado. Por ejemplo, que hay tanta perplejidad y tanta incertidumbre sobre los nuevos modelos de negocio que sostendrán al oficio que necesitamos personas que, desde su solvencia, sean capaces de ir más allá de los diagnósticos obvios y ofrecer soluciones que ya han sido comprobadas, como es el caso del The New York Times.

Los periodistas necesitamos una ‘garganta profunda’ como la del Watergate que sea capaz de decirnos dónde está el dinero. Y por eso, cuando llega alguien como Thompson y dice lo que dice, sus declaraciones se convierten en un asidero, en un deseo ansioso de que la profecía se cumpla y de que los lectores vuelvan a pagar por las noticias que consumen del mismo modo que lo hacían antes de que se extendiera la idea de que había que dar gratis en internet lo que se se vendía en papel.

El problema, para quienes piensan así, es que las soluciones a este problema no son universales.

El pago por noticias puede ser una buena salida para medios de referencia como The New York Times, para periódicos que aportan un valor añadido diferencial (pensemos por ejemplo en los diarios económicos como el Finantial Times) y para aquellos que sean capaces de lograr un fuerte compromiso de los lectores que termine sustanciándose en un pago por contenidos (y aquí, por poner un par de ejemplos, recuerdo los casos del francés Mediapart y, en España, de eldiario.es).

Pero nadie ha dicho que esta solución valga para todos.

Las grandes cabeceras seguirán apostando por ser las líderes globales de audiencia y lograr acceder a los grandes caladeros de la publicidad (con permiso de Google y Facebook, que amenazan con comérselo todo). Y el resto tendrá que seguir innovando, pensando menos en el dinero que les llega de la publicidad y buscando nuevos ingresos explotando el perímetro del negocio, es decir, desde la publicidad nativa a los contenidos patrocinados, la organización de eventos y todo aquello que se les pueda pasar por la imaginación para hacer dinero gracias a la confianza y la credibilidad que despiertan sus marcas informativas.

Ya lo dije en otro artículo: no hay recetas mágicas ni atajos en forma de muros de pago. Cada medio tendrá que buscar el modelo que le conviene y mimar a su comunidad de lectores. Y aun así, tampoco tendrán nada garantizado.

El negocio del periodismo se ha instalado en la incertidumbre. Y no va a salir de ahí en mucho tiempo. Toca acostumbrarse y aceptar la necesidad de cambio como una constante vital que nos acompañará durante unas cuantas generaciones de periodistas. No hay otra.

Los medios ya no se fían tanto de las intenciones de ‘Papá’ Facebook

Facebook. Foto web Marce Castro

Los medios de comunicación han aceptado la realidad: no se puede vivir de espaldas a Facebook y al resto de las redes sociales. Se puede actuar como si no existieran, pero sale caro. La mayor parte asumen ya sin mayores discusiones que no tienen otra opción que no sea la de distribuir sus contenidos a través de las redes sociales para llegar cada vez más a sus audiencias y reconocen también que a la plataforma a la que hay que dar más cariño es a Facebook, que para eso es quien congrega a mayor número de usuarios: 1.860 millones activos al mes en todo el mundo.

Lo que ya no está tan claro es que este cariño sea recíproco y que la plataforma creada en Harvard por Mark Zuckerberg se esté comportando como una pareja leal y comprometida con los medios.

En principio, se trata de una relación donde todos ganan como punto de partida.

Facebook logra contenidos que permiten que sus usuarios se queden más tiempo dentro de sus muros y los medios de comunicación amplifican sus audiencias y amplían su atractivo e interés para los anunciantes. Y además, para completar el círculo mágico en favor de estos mismos medios, la red de Zuckerberg ofrece programas para las marcas periodísticas, como los Instant Articles, que les permiten ganar dinero con aquellos contenidos que publiquen dentro de la red.

Negocio redondo para todos, ¿no?

Pues no tanto. La teoría se resquebraja al primer contacto con la realidad por tres razones distintas pero relacionadas.

En primer lugar, los Instant Articles no están dando dinero a los medios (algunos como el New York Times y Forbes han dejado de publicarlos), o al menos no en la cantidad suficiente como para dedicarle tanto tiempo, energía y recursos a publicar contenidos en esta red social…que podría dedicarse a fortalecer a la comunidad de lectores que va a tu web.

En segundo lugar, y ligado a la anterior causa, lo que se está comprobando con el paso del tiempo es que un buen número de lectores empieza a no saber de dónde proceden las noticias que lee en su muro de Facebook, lo que no hace más que fagocitar y deteriorar el valor de las marcas periodísticas y obligar a los editores a preguntarse si merece la pena estar ahí, pendientes de los algoritmos y los caprichos de los jerifaltes de Facebook. Si la gente no sabe quién es el que les proporciona las noticias, para qué demonios sirve esa audiencia más allá de engordar las cifras del tráfico.

Y, por último, si a eso añadimos que Facebook es territorio abonado para la propagación de noticias falsas, intoxicaciones y rumores que impiden saber qué es verdadero y qué es falso, nos encontramos con la siguiente conclusión: Facebook dice que quiere ser amigo de los medios de comunicación, pero, a la hora de la verdad, se comporta casi que como un enemigo.

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Con esto no digo ni recomiendo que los medios dejen de enlazar sus contenidos en las redes sociales (sería lo más parecido a un suicidio: las redes han venido para quedarse y hay que aprovechar la oportunidad que representan), pero sí que tendrán que recomponer su estrategia en dos vertientes: en primer lugar, trabajando con Facebook y otras redes para lograr que éstas sean un territorio amigable de verdad para los medios de comunicación. Y en segundo lugar, asumiendo que las redes sociales son canales extraordinarios para la difusión de sus contenidos, pero que igual no son tan aconsejables a la hora de buscar la sostenibilidad en el nuevo entorno donde casi todo es digital.

Facebook nos ayuda a todos a distribuir las noticias y a ampliar nuestras audiencias, pero no es una ONG que se dedica a ayudar a los medios de comunicación ni falta que le hace. En la medida en que les interesa para su negocio, la red de Palo Alto intenta atraer a los medios de comunicación, pero nadie ha dicho que sea obligatorio estar allí y tampoco está escrito que Facebook este obligado a arreglar los problemas que puedan tener los medios con las noticias falsas (bastante tiene con lo suyo), con el valor de sus marcas o con su capacidad para hacer negocio con sus noticias.

Son los medios los que tienen que arreglar estos problemas. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, lo tienen que hacer edificando sus modelos de negocio sin hacerlos depender de Papá Facebook. Algunos ya lo están haciendo vía suscripciones, socios o modelos de negocio centrados en los contenidos patrocinados. Y puede que pronto sean muchos más.

No hay soluciones mágicas: los muros de pago sólo valen para algunos periódicos

Los periodistas no somos un gremio inmune al uso de lugares comunes. Y menos todavía cuando hablamos de nosotros mismos. Cada cierto tiempo, tenemos un nuevo mantra en la industria. El último es el que sostiene que la única manera de salvar a los medios del derrumbe de los modelos de negocio del periodismo es la vuelta a los contenidos de pago.

El resurgimiento de esta tendencia tiene mucho que ver con lo que podríamos llamar el efecto Trump. En Estados Unidos, muchos lectores han respondido a los ataques a la prensa tradicional del excéntrico inquilino de la Casa Blanca suscribiéndose precisamente a esos medios de referencia, con el New York Times a la cabeza.

Y a partir de ahí, han proliferado las voces de quienes defienden que la única manera de salvar a estos medios es lograr que los lectores paguen por sus contenidos. Y que la prueba de que se puede hacer la estamos teniendo con el crecimiento exponencial del número de suscriptores de estas cabeceras.

La tesis parte de un hecho irrefutable. O los lectores le dan valor a lo que hacen estos medios y se comprometen con ellos pagando por las informaciones o no vendrá nadie desde fuera a salvarles. Dicho de otro modo: en periodismo no hay milagros. O se paga o hay poco que hacer. Más si cabe cuando el modelo basado en la publicidad se va evaporando conforme pasan no los años, sino los meses y hasta las semanas, la tradición industrial de los periódicos de papel será más pronto que tarde parte de la historia del oficio y quienes se aventuren en nuevos proyectos tendrán que pedir la complicidad monetaria de sus seguidores.

Bien, podemos estar de acuerdo en buena parte de esta argumentación, pero sólo si aceptamos que no se trata de una verdad universal que pueda trasladarse a todos los confines del orbe. Y menos en la era de la abundancia informativa y del consumo infinito de las noticias a través de las redes sociales y los motores de búsqueda como Google.

No se puede decir alegremente que los contenidos de pago salvarán a los medios. En todo caso, salvarán a algunos de ellos. Y en este supuesto, no se salvarán porque los editores de esos medios hayan decidido cobrar por sus contenidos, sino porque esas cabeceras habrán logrado ser imprescindibles para sus comunidades de lectores hasta tal punto de que una parte minoritaria pero suficiente de esa comunidad estará dispuesta a pagar por lo que lee.

Esto lo pueden conseguir, y sólo tal vez, algunas grandes cabeceras que tenemos todos en la mente (The New York Times, The Washington Post, El País, El Mundo…), pero hay que ser realista y honesto con las expectativas, no practicar el realismo mágico de pensar que esta receta vale para todos.  La mayor parte de las marcas periodísticas no podrán vivir sólo de lo que paguen sus lectores, sino que tendrán que salir de sus zonas de confort tradicionales en busca de nuevas vías de ingresos que complementen los pagos por suscripción y tendrán que devanarse los sesos buscando fuentes de dinero que quizás ni antes se les pasaría por la cabeza.

En esto, no hay soluciones mágicas. Sólo cabe la voluntad de reinventarse y de adaptarse a un mundo que obligará a muchos a cambiar toda su estructura comercial y financiera y su manera de entender cómo funcionan y se financian los medios. Y el que lo comprenda antes, antes podrá encontrar la solución a su dilema.

El periodismo necesita innovación, pero también volver a sus raíces

Pixabay.com

Como no puede ser de otra manera, os recomiendo encarecidamente que sigáis las jornadas del congreso de periodismo digital que se celebra estos días en Huesca. Se trata de una cita imprescindible para todos a quienes nos interesa el periodismo y se sigue con facilidad en el streaming que ha habilitado la organizadora de estas jornadas.

Allí seguro que se hablará de las noticias falsas que invaden nuestras redes sociales y nuestras cuentas de whatsapp, de Trump y el periodismo, del periodismo de datos, de la omnipresencia del móvil en la era de las pantallas, de la realidad virtual, del periodismo inmersivo, de nuevos proyectos y modelos de negocio y de todas esas cosas que se hablan en los congresos y en las páginas especializadas del sector.

Sólo les reclamaría algo a los organizadores de un congreso de tantísima calidad: que, si se tercia, hagan más hincapié también en las herramientas personales que debe tener cualquier periodista para desenvolverse en la profesión, incluidos aquellos que se apellidan como periodistas digitales a una altura de la historia en la que quien no es digital literalmente ya no es nada.

La innovación está muy  bien, pero conviene no olvidarnos de nuestras raíces, de lo que somos y a lo que nos dedicamos. Me explico: tengo la sensación de que últimamente hablamos mucho de todo lo que rodea al periodismo y bastante menos de lo que de verdad tiene que hacer el periodista. Como si nos importara más el continente que el contenido.

Y sí, es importante saber cómo se distribuyen y se consumen ahora las noticias y que exploremos nuevos formatos y narrativas para hacer periodismo, pero, desde mi punto de vista, a veces ponemos demasiado acento en la innovación, que es importantísima, y nos olvidamos de transmitir los principios y valores que hay que aprender para desempeñar un oficio que para muchos de nosotros es una vocación y también una pasión. Y digo yo que se podrán conciliar ambas perspectivas, ¿no?

Espíritu innovador, sí, pero también espíritu periodístico

A un periodista de hoy en día hay que pedirle que entienda cómo se distribuyen las noticias y que aprenda a hacer vídeos, gráficos o infografías, pero sobre todo hay que reclamarle que aprenda a buscar noticias y a poner contexto a la actualidad con honestidad, con rigurosidad y con sentido crítico. Y también hay que pedirle que lea mucho, que sea curioso y que cuide su escritura. O sea, que sea periodista en el sentido más humanista de la palabra. Igual así, de paso, además de estar a la última de la última en innovaciones y deslumbramientos tecnológicos, ganamos también algo en credibilidad ante los ciudadanos, que falta nos hace, y mucha.

Y dicho esto, no perdáis el tiempo y poneros a ver y escuchar lo que se dice en Huesca, que merece muchísimo la pena.

 

Lo que decimos que leemos y lo que realmente leemos en los periódicos

Ilustración: pixabay.com

Una entrevista en Página 12 al profesor de Comunicación Pablo Boczkowski me permite insistir en uno de los problemas que más daño está haciendo a los medios de comunicación (la falta de credibilidad)  y en la responsabilidad que tenemos los periodistas y, también, los ciudadanos que consumimos las noticias.

Os he pasado el enlace de la entrevista para que podáis leerla con más detenimiento, pero me detengo ya en un punto que me parece también clave para entender lo que está pasando: la brecha mediática entre lo que los periodistas consideran una información seria que los ciudadanos deben leer para estar informados sobre lo que pasa y lo que los ciudadanos leen realmente.

Boczkosky y la profesora Eugenia Mitchelstein lideraron un estudio con medios de referencia de veinte países en el que comparaban los asuntos más o menos de calado (política, economía, información internacional…) con otras categorías más livianas que buscan el click fácil (deportes, espectáculos…) y llegaron a la conclusión de que se lee un 19% más las segundas que las primeras.

Pablo Boczkowski, profesor de Comunicación.
Pablo Boczkowski, profesor de Comunicación.

No hacen falta muchos estudios científicos para saber que lo más popular no suele ser lo más importante. Es más fácil y entretenido leer una crónica deportiva sobre Ronaldo o sobre los últimos desamores de un cantante que un  análisis sobre el coste del precio de la luz o sobre un estatuto de autonomía de una región.

Pero los estudios científicos sí nos permiten entender porqué algunos editores y gerentes de medios apuestan tanto por las noticias de consumo rápido y fácil de digerir y porqué algunos medios parecen haber pasado directamente del negocio del periodismo al negocio del espectáculo. Los números no engañan. Y por eso les dan a sus clientes lo que sus clientes quieren leer.

Nos encanta decir que sólo vemos documentales de naturaleza y leemos noticias de gran interés público, pero los datos lo que dicen es que somos humanos y que el espejo en el que nos miramos dice otra cosa, dice que nos pirran las emociones baratas que nos sirven a golpe de clickbait y píldoras de telerrealidad.

El bucle tóxico de la mala viralidad

Y esto, a la larga, tiene su coste en términos de credibilidad. Si un medio de comunicación termina dándole igual o más importancia a los líos amorosos de un diputado que a lo que haga ese diputado en su vida pública, los mismos ciudadanos que leen con avidez en ese medio todo tipo de cotilleos y noticias escandalosas terminarán perdiendo la confianza en él. Y cuando se evapora la credibilidad, el medio de comunicación cae en picado en visitas y en ventas.

Es un círculo vicioso en el que se sabe cómo se entra, pero nunca cómo se sale. Pero insisto, un círculo vicioso en el que no sólo hay un culpable.

Tres cosas que me siguen gustando de los periódicos de papel

Periódicos de papel. Fuente: Pixabay

Soy un entusiasta del cambio digital. Hace ya demasiado tiempo que perdí el habito de comprar periódicos de papel y, si tengo que hacer el cálculo, puedo asegurar que consumo más noticias, análisis y reportajes en mi teléfono móvil que en mi tableta o en mi ordenador portátil. Pero no reniego de las bondades que mantienen los periódicos de papel, bondades que no los van a salvar de la quema, pero que merece la pena subrayar para ser honestos con un producto periodístico industrial que ha marcado la vida de millones de ciudadanos a lo largo de un par de siglos.

Seguro que se os ocurren más ventajas, pero yo he elegido tres.

La primera es que los periódicos de papel siguen pareciéndome el producto periodístico que mejor jerarquiza y aporta criterio a la hora de seleccionar las noticias que tenemos que leer. Yo utilizo listas en twitter para ‘monitorizar’ aquellas noticias que más me interesan en función de mis intereses (política, periodismo, fútbol…), pero no dejo de ser un poco rara avis. Lo normal es que el común de los mortales picotee en su muro de Facebook o navegue por su cuenta de Twitter y abra poco más de dos o tres enlaces. La tarea de curación de contenidos no es fácil. Y ahí el periódico de papel conserva su valor añadido: te hace la labor de rastrear y producir artículos para que no te pierdas en la maraña de la red.

La segunda de las ventajas reside en su capacidad de ofrecer artículos y reportajes en profundidad que puedes leer en un formato impreso que, al menos a mi juicio, resulta más cómodo que el de una pantalla de cuatro o cinco pulgadas como el del móvil. Yo leo muchísimos artículos largos en internet, pero percibo que digiero mejor las historias cuando leo en papel. No sé si será porque siempre he sido un lector de periódicos y libros impresos y forma parte de mi educación o porqué será, pero ésa es la verdad: me entero mejor cuando leo en papel.

Y la tercera de las ventajas la ligo a la educación. No se me quita de la cabeza la idea de que una de las mejores maneras de lograr que los chavales vayan adquiriendo capacidades críticas y analíticas, mejoren su capacidad de comprensión lectora y de comprensión del mundo que les rodea y que fomenten su curiosidad intelectual que la disciplina de leer de forma recurrente un buen periódico. Me parece una receta muy aconsejable para que no sólo seamos consumidores sino también ciudadanos.

Que conste que no me ha dado un ataque de nostalgia ni tampoco estoy haciendo un panegírico de la prensa de papel. Con lo que acabo de contar, no creo que baste para frenar un proceso que acabará con un modelo como el de la prensa impresa diaria.

Quienes me seguís sabéis que defiendo la necesidad de que sepan adaptarse a los nuevos hábitos de consumo de los lectores. Y que sostengo que los editores deben trabajar por la consolidación de sus marcas en el nuevo ecosistema digital y apostar por una nueva estrategia comercial que atienda menos a la publicidad tradicional, en caída libre por la competencia con Google y Facebook, y explote nuevas vías de ingresos como los contenidos de marca, la organización de eventos o las propias suscripciones digitales, entre otras posibles fuentes.

Pero ésa es otra historia. Y aquí de lo que se trata es de reconocer lo que es justo y darle al Cesar lo que es del César y a los periódicos de papel lo que es suyo…y ya nadie les podrá quitar: su capacidad de haber sido durante siglos quien ha puesto orden y criterio a un mundo que bien que lo necesitaba.

Rediseñando los periódicos no se arreglan sus problemas

Diario Marca. Fuente: Unidad Editorial

Marca renueva su diseño en papel. El periódico deportivo líder en España remoza sus páginas para “adaptar el periódico de siempre a las necesidades y los gustos de la audiencia actual”. Todavía no he visto el cambio, pero seguro que lo moderniza y le da viveza y frescura. En España hay excelentes diseñadores y abundan los ejemplos de creatividad y de imaginación a la hora de aportarle frescura, energía y modernidad a un periódico de papel.

marca
El rediseño del Marca

No tengo dudas, pues, de que el rediseño mejorará el producto, pero sí las tengo sobre el hecho de que se empleen muchos esfuerzos en rediseñar los periódicos, cuando la crisis que sufren los diarios de papel no es una crisis de diseño, sino de producto.

Los lectores no rechazan los diseños y los formatos que llegan a los quioscos, lo que rechazan cada vez más es el producto en sí: un paquete de unas ochenta páginas que reciben a diario a cambio de algo más de un euro por ejemplar.

En tal sentido, me pasa con esto del Marca lo mismo que me pasa cuando leo los innumerables intentos de reflotar las revistas dominicales de los periódicos con diseños cada vez más innovadores y espectaculares: me parecen un esfuerzo estéril que no logra de modo alguno su objetivo de remontar o, al menos, frenar la sangría en la venta de ejemplares.

Ojalá consigan su objetivo y cumplan sus objetivos de ventas y difusión, pero se antoja una aventura enormemente complicada. De hecho, confío ya tan poco en estos rediseños que he llegado a la conclusión de que aunque consiguiesen que Cervantes, Shakespeare, Tolstoi y Flaubert resucitaran y empezasen a escribir en sus periódicos, tampoco así lograrían resucitar sus ventas en papel.

Con esto no quiero decir que no se deban rediseñar los periódicos, pero sí que me parece infinitamente más productivo que los editores y directivos de las compañías de prensa centren más sus esfuerzos en trabajar su transformación digital, en diversificar sus ingresos y en buscar nuevos negocios en el ámbito digital, que es el lugar en el que están ahora gran parte de sus lectores.

La tormenta de los medios ha devenido en tsunami. Y más les valdría discutir a los editores discutir menos sobre cómo defender su negocio tradicional y discutir más sobre cómo adaptarse al nuevo ecosistema en el que pretender seguir haciendo sus negocios.

Y, por cierto, termino con una confesión personal. Soy un gran lector de noticias deportivas. Y mi hijo pequeño, también. De hecho, tiene al Marca entre sus portales favoritos y acude a diario a sus páginas. Eso sí, no hace mucho que se ha enterado de que el Marca también tiene un periódico. Él siempre pensó que el Marca era una aplicación.

Bloqueando a los bloqueadores de publicidad

Fuente: ad-blocker.co

El periódico El Mundo ha instalado un sistema para invitar a quienes tienen instalados bloqueadores de publicidad a que desinstalen esos dispositivos si quieren seguir leyendo el periódico en formato digital. Quienes hayan leído algunos de los artículos que he escrito sobre los bloqueadores recordará que comparto la idea de que los medios de comunicación tienen que empezar a pensar a vivir menos de la publicidad y mucho más de lo que antes podían llamarse los ingresos atípicos (contenidos patrocinados, eventos, suscripciones…). Es difícil ponerle puertas al campo y resulta suicida a día de hoy  mantener un modelo de negocio basado como hasta ahora sólo en la publicidad (a menudo tan invasiva e infumable) cuando resulta tan fácil eliminarla con sólo descargarse una aplicación y darle al botón de ‘instalar’.

Bloqueador. Fuente: El Mundo
Bloqueador. Fuente: El Mundo

Pero cuidado, eso no significa que no sean legítimas y comprensibles medidas anti-bloqueo como las que están implantando Unidad Editorial y otros grupos editoriales. A un periódico tradicional se le debe pedir que sea capaz de abordar la transformación digital y que se adapte a la nueva realidad de nuestra industria, marcada ya por la supremacía de lo móvil, de los motores de búsqueda y de las redes sociales. Pero lo que no se le puede exigir es que ceda su producto informativo sin dejarle ni la más remota posibilidad de rentabilizar su trabajo por la vía publicitaria y que, encima, no pueda hacer nada al respecto.

Eso no es adaptarse, eso es rendirse al primer revés. Y no hay por qué hacerlo.

Insisto: los medios de comunicación deben empezar a diversificar sus fuentes de ingresos y explorar nuevos yacimientos en los que buscar los beneficios publicitarios que están perdiendo a manos de Google, de Facebook y hasta de las propias empresas que bloquean la publicidad. Un modelo de negocio periodístico que se enroque en mantener el modo en el que ha ganado dinero antes de la llegada de internet y que no se arriesgue a innovar tiene los días contados. Pero hasta en tanto esto no suceda, tampoco les pidamos a los periódicos que sean masoquistas. Al menos, en este momento tan delicado para la industria. El uso de los bloqueadores crece sin parar, pero eso no significa que haya que abrirles las puertas alegremente.

A los medios de comunicación les interesan todos los lectores que acuden a ellos, pero básicamente les interesan aquellos que comprenden que la información no es gratis y que las empresas periodísticas necesitan financiarse de alguna manera, bien sea mediante la publicidad convencional o bien sea mediante cualquier otra vía alternativa de ingresos que pueda establecerse.

Queda muy bien decir que el periodismo es un oficio indispensable para la consolidación de la democracia, pero no nos olvidemos que también es un negocio y que, por tanto, los editores tienen que cuidar más a sus lectores fieles y menos a los que les importa bien poco lo que le pueda pasar a tu cuenta de resultados al final del año.

Por resumir: es mejor trabajar por tener más comunidad que hacerlo para tener más visitas. Se trata de dos cosas más diferentes de lo que puede parecer.

Los lectores que no sólo no pagan por el producto informativo que les ofreces sino que se niegan a pasar por el peaje de la publicidad están en todo su derecho de instalar un bloqueador, pero que tampoco se lleven las manos a la cabeza si el medio también les bloquea el paso a sus informaciones. Es de sentido común. Si tú no me das nada, tampoco me pidas nada a cambio. Y si no te gusta, busca en otro lado. Hay muchísimo en donde elegir. Es la ley del mercado. Y funciona también en el periodismo. 

¿Están asumiendo ya los medios que no podrán vivir sólo de la publicidad?

La gran mayoría de los medios de comunicación que visitamos están enzarzados en una carrera por ver quién es capaz de lograr un mayor número de clicks en sus páginas. No les obliga ningún  mandamiento periodístico que ordene lograr volumen a toda costa para ser los campeones del tráfico en la red. Les obliga su cuenta de explotación, la necesidad de cuadrar los números en un negocio en el que las noticias se miden al peso y la viralidad le gana por goleada a la calidad.

Vivimos inmersos en la caza desaforada del click que llevará a los medios a los caladeros soñados de las grandes campañas publicitarias, ésas que les salvarán de la amenaza de la quiebra. Y lo de menos es que en esta carrera alocada nos dejemos jirones de credibilidad y de confianza por la proliferación de noticias falsas, virales ridículos y piezas frívolas más propias de un late night que de un medio que se supone que pretende informar aparte de entretener.

No es fácil sustraerse a esta epidemia. Los modelos de negocio de la gran mayoría de los medios se basan en el esquema tradicional: 1. produzco contenidos, 2. logro visitas y 3. inserto publicidad con el que logro el dinerro suficiente para producir más noticias y ganar dinero para los accionistas de la compañía. Los periodistas se dedican a  hacer periodismo y los comerciales se afanan en vender la publicidad que sostiene el negocio.

La cuadratura perfecta… hasta que dejó de serlo.

la publicidad ya no sostiene nada. Casi el 80% de la publicidad que antes se movía en los medios tradicionales en internet (la TV es otra historia) ya no va a parar a los medios: termina en los bolsillos de Google, de Facebook, de Instagram y de la red social que en cada momento esté de moda. Los nuevos actores de internet se comieron legítimamente gran parte del pastel publicitario de los medios. Y no se ve en el horizonte al superman periodístico capaz de reconstruir la tarta que antes era monopolio de los periódicos y algunos otros invitados a la fiesta.

Pero sí hay elementos positivos en todo esto. El más evidente es que empieza a asumirse el principio de realidad y los editores y los periodistas ya no se dejan llevar por la nostalgia de pensar que el mundo en el que vivían volverá algún día.

Y no sólo eso. También se observan tres tendencias que nos permiten aformar que algo sí está cambiando.

La primera es que los editores están asumiendo que es mejor adaptarse a la hegemonía de las redes sociales y Google que combatirlos como si fueran los portadores de las siete plagas que acabarán con el periodismo que siempre conocimos. Mejor ver qué pasa con los Instant Articles de Facebook, con los APM de Google o cualquier otro intento de explotación de los contenidos en las redes que trabajar pensando que son tus enemigos irreconciliables. Por mucho que algunos no quieran, la información será móvil y social. Y el que no lo quiera ver…

La segunda tendencia es que empiezan a explorarse en la mayoría de los medios nuevas vías de explotación de ingresos que tienen muy poco que ver con la publicidad tradicional (el caso más recurrente es el de los contenidos patrocinados, pero hay muchos más, como podéis ver en este enlace).

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Y la tercera y última tendencia es que se asume con mucha mayor fuerza  que llegará el día en el que muchos medios de comunicación se convencerán de que en realidad no son periódicos sino compañías de noticias que prestan servicios de información a sus suscriptores. Es decir, que se dedicarán a buscar la manera de convertir a los lectores de su comunidad en clientes o en socios comprometidos dispuestos a pagar por la información.

No hay nada fácil, y menos en este terreno. Pero el punto de partida del cambio es asumir la necesidad de ese cambio. Y los medios están empezando a hacerlo. Por algo se empieza…

En la era del periodista perplejo

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Los más o menos interesados en saber por dónde irá el periodismo los próximos meses y años vivimos en un estado de ansiedad permanente. Cada día, una novedad. Cada semana, toneladas de innovaciones que supuestamente cambiarán la faz de la industria. Y nosotros, los periodistas, en medio del aluvión, sin paraguas para tanta tormenta perfecta que cae sobre nuestras cabezas y suspirando porque alguien nos aclare no de dónde venimos, que eso más o menos lo sabemos, sino hacia dónde vamos, o lo que es lo mismo, cómo vamos a seguir ganando dinero en el periodismo cuando casi nadie quiere pagar por él.

Hemos entrado en la era del periodista perplejo. Y da igual si se trata de periodistas reactivos, nostálgicos o alérgicos al cambio o si, por el contrario, hablamos de periodistas que se han tomado literalmente a pecho aquello de que o te adaptas o te mueres. En cualquiera de ambos casos, nuestra capacidad de dar respuesta a los nuevos desafíos de la industria es, por decirlo suavemente, poco exitosa.

Tenemos motivos para vivir en el sobresalto.Y no sólo por los despidos masivos en las redacciones o por el derrumbe literal de algunos modelos de negocio como el de la prensa impresa. También por la contradicción permanente en que nos movemos.

Os pongo tres ejemplos:

Un día nos dicen que la gente ya no quiere leer y que hay que ponerse a hacer vídeos como locos y al día siguiente nos cuentan que es al contrario y que lo que más impacta son los artículos de larga extensión que, además, se posicionan muy bien en el altar de las búsquedas de Google.

Un día nos recuerdan que el futuro está en el periodismo inmersivo, la realidad virtual y otras zarandajas megainnovadoras y al siguiente nos aconsejan que nos dejemos de monsergas y que publiquemos vídeos de gatitos y de famosos, que es lo que la gente busca de verdad y lo que, por tanto, podrá financiar ese periodismo que tanto nos gusta hacer a nosotros y quién sabe si a una parte de la audiencia.

Y un día nos dicen que nos tiremos en masa a publicar nuestras noticias en Facebook y en Twitter y en colgar fotos en Instagram y al siguiente nos recuerdan que lo importante es buscar la manera de que nuestros lectores se queden en nuestras webs y paguen por lo que hacemos.

¿En qué quedamos?

Pues en lo que quiera cada uno. Hay multitud de maneras de conectar y reconectar con nuestras audiencias y cada medio de comunicación y periodista tiene que afanarse en buscar la que mejor se adecúe a la relación que tiene con sus lectores y con sus anunciantes.

Pero sin ansiedades sobrevenidas y sin querer hacerlo todo a la vez, porque entonces estaremos más cerca del colapso mental y del ataque de angustia que de otra cosa.

Por mucho que nos digan, los medios siguen viviendo de su comunidad. O mejor dicho, de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca, de mantenerla y de construir una relación comercial en torno a ella.

Antes, todo se sustanciaba en tener un periódico o una emisora de radio y televisión y en financiarse a través de la venta de ejemplares y los anunciantes. Ahora, cuando los usuarios se dedican en masa a picotear en sus redes sociales y cuando la publicidad se larga en masa a Google y a Facebook, la situación ha cambiado, pero menos de lo que creíamos.

En realidad, los medios y los periodistas, si quieren sobrevivir, tienen que seguir viviendo de su capacidad para construir una comunidad en torno a su marca y de establecer una relación comercial en torno a ella.

De acuerdo, con una competencia infinitamente mayor y teniendo que reinventar sus modelos de negocio, pero al fin y al cabo, igual que siempre: creando un buen contenido que dé servicio efectivo a quienes lo vayan a consumir, es decir, teniendo una propuesta de valor que sea capaz de atraer a un grupo de gente, también llamada comunidad, dispuesta a ser parte más o menos activa de tu proyecto periodístico, no practicando esa caza desaforada de clicks en busca de tener más visitas que tus contrincantes.

¿Que es difícil? Pues sí, pero esto es lo mismo que cuando vas cumpliendo muchos años y te preguntan si te molesta cumplirlos. Pues viendo la alternativa, que es morirse, mejor cumplir más años, ¿no? En la vida y, porqué no, también en el periodismo.

La clave está en el móvil: de las cinco columnas a las cinco pulgadas

Leo una reflexión del periodista y divulgador científico Antonio Martínez Ron que condensa en sólo 140 caracteres uno de los males que nos aquejan como periodistas: nuestro ensimismamiento cósmico.

Pues sí, es así. Trabajamos en un negocio que se desarrolla preferentemente en los móviles, que vive en torno a ellos. Pero nos seguimos comportando como si esta historia no fuera con nosotros. Si sois periodistas o editores, haced la prueba. Y hacedla con honestidad. Cuando escribís, ¿lo hacéis pensando en cómo quedará vuestra pieza en el móvil? Y cuando pensáis en vuestro negocio editorial, ¿tiene como eje central las pantallas táctiles de cinco pulgadas o sigue anclado en las cinco columnas del periódico de papel? ¡Y todo eso cuando la mayoría de nuestros lectores sólo nos leen a través de esos aparatos que guardamos en los bolsillos¡

La situación ha cambiado para bien en los últimos años. Ya quedan pocos abanderados de la nostalgia comportándose como luditas de lo digital y quien más quien menos todo el mundo entiende el cambio. Pero no nos hagamos trampas a nosotros mismos, que además de feo es estéril: una cosa es aceptar a regañadientes la realidad que vivimos y otra bien distinta es asumirla y actuar de forma coherente.

Los periodistas vivimos en una burbuja contradictoria. Somos adictos a las redes, abominamos de la publicidad invasiva de las webs y ya casi que no nos acercamos a los quioscos, pero luego clamamos porque haya más periódicos, nos quejamos de que la gente pone bloqueadores de publicidad en sus dispositivos o de que sólo se informe a través del facebook… y nos preocupamos más bien poco de cómo se ven nuestras noticias en los dispositivos móviles y menos todavía acerca de si se puede hacer dinero a través de las pantallas de nuestros celulares.

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Fuente: Pixabay.com

Y lo hacemos pese a pertenecer a un gremio como el nuestro en el que nuestra adicción es de tal tamaño que sólo nos falta acostarnos con los móviles y en el que es de lo más normal encontrar a gente capaz de tuitear 18 horas al día pontificando sobre la actualidad después de haber consultado su teléfono móvil en torno a unas 120 veces en un solo día.

¿No sería mejor, entonces, acercar nuestros modelos de negocio a esa realidad que es la nuestra antes que esperar ilusamente a que la realidad vuelva a ser la que era antes de la llegada de los móviles, las redes sociales y hasta la propia internet, o sea, en el pleistoceno informativo? Igual hasta nos iría mejor.

¿Adiós al 21% de IVA para los medios on line?

Bruselas anuncia el permiso para que los países miembros de la Unión Europea puedan bajar el IVA de los libros y medios de comunicación digitales. Ya era hora. En realidad, la noticia no debería ser que abra la puerta a rebajar este IVA sino que no lo haya hecho hasta ahora. En el caso del periodismo, la parsimonia del gigante europeo ha provocado una situación tan absurda como que en España los periódicos de papel paguen un 4% de IVA mientras que los medios on line, que compiten con ellos, pagan por un producto similar un 21%, es decir, 17 puntos más de gravamen que no hay quien entienda.Un ejemplo de libro de agravio comparativo, de falta de comprensión de los cambios radicales que ha provocado la irrupción de internet y, sobre todo, una muestra inequívoca de cómo, también en la industria de los medios, la realidad ha ido siempre por delante de las Administraciones.

Habrá que ver todavía si España se decide a rebajar este IVA ahora que entramos en otra etapa de fiebre alcista de los impuestos, con Rajoy y Montoro rebuscando donde ya no saben para rascar dinero con el que aumentar la recaudación. Pero hay un hecho irrefutable: ya no hay excusas en España para acabar con este absurdo. Los nuevos medios que nacen en el ecosistema digital no tienen porqué seguir soportando una situación tan indefendible en la que han sido tratados por el Fisco como empresas de segunda, hijas de una casta inferior obligadas a pagar cinco veces más por el IVA que sus hermanas mayores del papel. 

Actualización: El ministro de Economía, Luis de Guindos, ha anunciado que el Gobierno de España hará efectiva esta rebaja del IVA para los libros y los medios digitales. No dice cuándo, pero se compromete a hacerlo. Veremos, que hay promesas que se eternizan.

Uniendo fuerzas en el periodismo

Reunión de medios promotores de 'El Salto'. Fuente: Diagonal

Esta semana he leído que un grupo de unos veinte medios españoles con posiciones ideológicas de izquierda han decidido unirse para crear una marca común que, como ellos mismos sostienen, les permita dar lo que ellos mismos llaman El Salto. En este artículo de Diagonal que os acabo de enlazar tenéis información de una iniciativa que, más allá de sus filias ideológicas, es muy interesante como asunción de una realidad: Mejor unidos que haciendo cada uno la guerrilla de trincheras por su cuenta.

No es fácil. Algunos de sus promotores han tenido que digerir un par de ideas con mucha sustancia: la primera es asumir que por separado no iban a llegar muy lejos y la segunda es entender que la gente no está tan dispuesta a a financiar sus proyectos de periodismo. O al menos, no la gente suficiente.

Lo explica muy bien en un artículo en Contexto Naiara Puertas, así que no me detendré mucho más en este aspecto. Cuando se ponga en marcha, veremos en qué queda este experimento con el inconfundible aroma asambleario de la izquierda de Podemos y las también inevitables ínfulas de todos aquellos proyectos de periodismo que abominan de lo que se puede leer ahora en las cabeceras tradicionales.

Lo que sí me interesa resaltar, y es en positivo, es que se trata de un movimiento que entiende la necesidad de unir fuerzas para evitar que la fragmentación te expulse del mercado. Y que esa comprensión nace tras asumir la falta de viabilidad de proyectos que recelan de la publicidad, pero que ni tienen músculo financiero ni son capaces de generar ingresos por la vía de las donaciones y de las suscripciones.

Si hay dos, tres, diez o quince pequeños portales de información que compiten por el mismo tipo de lector, no puede haber razones para no intentar trabajar con un sistema de economía en escala, que, por un lado, puede ahorrar costes, y por el otro, puede hacerse más atractivo para los lectores y también para los potenciales anunciantes del medio. Bueno, esto último para el caso de que no rechacen a las empresas como si fueran Belcebús con contables y cuentas de resultados.

El ecosistema español de los medios está rompiéndose, pero precisamente por eso es tan importante empezar a trabajar en acuerdos de colaboración entre medios que permitan ganar en tráfico que, a su vez, permita hacer ofertas competitivas con las que ganar el dinero que se necesita para hacer viables a los medios.

Lo hemos visto últimamente con el acuerdo al que han llegado Publico y Contexto, con los convenios de colaboración que está firmando El Español con portales como Crónica Global o Bluper o con las alianzas y compras que está haciendo eldiario.es. Si se quiere competir con los grandes, hay que ganar en tráfico, pero cuidando de no ganar en costes. Y eso se consigue con acuerdos como el que pretenden los promotores de esta iniciativa. Ojalá consigan sus objetivos. Cuanta más pluralidad, mejor. Y cuanto antes aprendamos los periodistas a hacer sostenibles nuestros proyectos, todavía mejor.

¡Más madera, periodistas, que necesitamos clicks¡

Volvía ayer a casa en autobús junto a mi hijo cuando el niño me pidió el móvil y se conectó a su cuenta en Instagram. De inmediato, por lo que pude cotillear desde el asiento de al lado, vi cómo empezaba a visualizar casi en cascada vídeos en directo de amigos y amigas que estaban en tareas tan espectaculares como hacer los deberes o preparar el pijama para irse a la ducha.

Instagram. Fuente: FireUnit
Instagram. Fuente: FireUnit

La vida en directo en una jornada de puertas abiertas en sus dormitorios. Un acierto para la compañía, pero también un peligro para cualquier niño o niña que están iniciándose en los azares de la adolescencia y una preocupación más para quienes somos sus padres.

Y en términos periodísticos, un toque serio para los periodistas y el resto de quienes nos dedicamos a la industria del periodismo: si ya nos cuenta retener la atención de los mayores, no quiero ni pensar lo que costará atraer a una audiencia como la de las nuevas generaciones, acostumbradas a las sensaciones en tiempo real que les regalan las nuevas tecnologías.

El que piense que los medios competimos sólo entre nosotros que se vaya olvidando. También competimos contra la última aplicación de vídeos en directo de cualquier red social, contra los cientos de canales para ver series, películas o partidos de fútbol, contra las aplicaciones para aprender idiomas, contra el tiempo que pasamos en el sofá conversando en los grupos de whatsapp o contra el Fifa 17 de la play cuatro.Y a eso es a lo que nos tenemos que adaptar si queremos seguir viviendo de lo que vivimos.

El tiempo siempre ha sido un recurso escaso, pero ahora lo es más. Es la guerra por la atención. Y es una de las causas de la deriva hacia la información reconvertida en espectáculo en el que nos hemos enzarzado los medios estos últimos años. Como los ciudadanos no nos escuchan, gritamos cada vez más y cada vez más les proporcionamos noticias empaquetadas en el celofán del sensacionalismo. Más madera, periodistas, que necesitamos clicks para sacar de la quiebra a nuestras empresas.

La ansiedad nos puede. Y puede que sea la razón de que nos hayamos apuntado al maratón de las noticias desenfrenadas, a golpe de tuit y de memes, sin pararnos a pensar que tal vez la manera de captar la atención no sea peleándose por ver quién grita más o quién es capaz de lograr más visitas con la última macarrada viral que se nos ponga por delante.

Y eso nos lleva en un bucle toxico por el precipicio del descrédito y de la desconfianza general. No se trata sólo de que los ciudadanos desconfíen de quien controla los medios, sino de que a veces ya no sabe distinguir entre un medio serio y uno que no lo es.

El periodismo no es pausa, pero sí es pensar, husmear, contrastar y luego publicar. Se trata de dar noticias con las que comprender el mundo, no de fabricar sólo sensaciones. ¿Significa que tiene que ser rigurosamente aburrido? Para nada, el periodismo tiene que agarrar y, si se puede, emocionar al lector, al oyente o al espectador, pero sin que  convirtamos la publicación de noticias en un vodevil de posguerra donde todo vale para contestar al respetable, porque entonces no será periodismo sino otra cosa bien distinta. Puede que legítimo, pero, desde luego, otra cosa.

 

¿Y por qué demonios nos van a pagar a los periodistas por las noticias?

El portal media-tics entrevista al profesor Enrique Dans para hablar de innovación y periodismo. Y como titular, coloca la misma frase que hubiera puesto yo si hubiera editado la conversación: “El problema del periodismo es no tener claro cuál es su propuesta de valor”. Pues sí. Es el problema del periodismo y el de los periodistas. Y conforme nos adentramos en un mundo en el que la información nos llega en cantidades industriales y a través de soportes y canales tan variados como las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, Linkedin…) y los canales de mensajería instantánea (Whatsapp, Telegram…), el problema se acentúa.

Y todo eso mientras seguimos sin querer hacernos la pregunta cuya respuesta más nos puede atormentar: ¿hay gente suficiente al otro lado de nuestras webs y de nuestros muros de pago dispuesta a pagar dinero por lo que hacemos? ¿Tiene algún valor real lo que hacemos? ¿Tiene demanda nuestro producto o daría exactamente igual que no hiciéramos lo que hacemos?

Si nos lo preguntan a los periodistas, la grandísima mayoría diremos que por supuesto que sí. Pero quienes tienen que pagar por las informaciones no somos los periodistas en particular, sino los ciudadanos en general. Y en este último caso, la grandísima mayoría lo que responde es todo lo contrario: por supuesto que no. O dicho de otra manera: ¿Por qué demonios tengo yo que pagar a los periodistas si tengo gratis y a mi alcance toda la información que quiero con sólo encender la pantalla de mi móvil?

Siempre nos quedará la publicidad, ¿no? Pues debería, pero como el verbo condicional no puede ser el pivote de nuestros modelos de negocio, resulta que: 1.La factura de la publicidad en los medios tradicionales baja, entre otras cosas, por el uso cada vez mayor de los bloqueadores y 2. casi todo el negocio que resta se lo están quedando Google y Facebook, que para eso son mucho más efectivos que nosotros a la hora de conseguir que los anuncios sean beneficiosos para quienes los financian.

La tormenta que sí que era ‘perfecta’

Sí, estamos en la tormenta perfecta de la que siempre hablamos,  estamos viviendo con ansiedad la búsqueda de un modelo que nos permita volver a trabajar en un negocio que sí daba dinero y no hay valium que soporte tal cantidad de angustia colectiva. Pero tampoco es cuestión de apuntarse al club de los depresivos ni de hacer una elegía por un oficio que no se ha muerto.

Lo que toca es repensar la profesión liberándose de los viejos corsés de la industria y desterrando inercias que tienen más que ver con la nostalgia de lo que fuimos que con la realidad de lo que somos.

En este blog llevo diciendo ya mucho tiempo que los medios de comunicación tienen que entender que vuelven a ser empresas de servicios dispuestas a darles un valor a sus clientes y que son las primeras interesadas en buscar nuevas fuentes de ingresos que las menos de las veces vendrán de la contrapartida clásica (yo te doy información y tú me pagas por ella o insertas publicidad en mi marca) y las más de las veces llegarán a través de nuevas vías como los patrocinios, la celebración de eventos, la gestión de marcas en las redes sociales, los contenidos de marca o cualquier otra vía de ingresos que se nos ocurra.

Pronto, los medios se parecerán cada vez más a las agencias de comunicación y las agencias se terminarán pareciendo a los medios. Todos seremos híbridos, mezclas difíciles de diferenciar. Pero nadie tendrá que rasgarse las vestiduras si se hace con rigurosidad y con honestidad. Y si la cosa va bien, puede que ese día, los medios descubran cuál es esa propuesta de valor que perdieron por el camino.

Google, Facebook y la publicidad que ya no volverá a los medios

Dicen que Facebook se está comiendo el mundo. No lo sé, pero lo que sí parece que se está comiendo es el negocio tradicional de los medios. A cada trimestre, un zarpazo en los ingresos por publicidad. Y si no sube más es porque ha llegado al punto de saturación: ya no tiene sitio para colocar tantos anuncios. El nirvana para cualquiera que se dedique a este negocio.

En realidad, su guerra no es la nuestra. La compañía de Palo Alto compite con el otro gran hermano en el planeta de la banda ancha: Google. Los medios son poco más que el chico de los recados de esa pelea. Se dedican a suministrarles contenido y a cambio les imploran  llegar a cuantos más muros de Facebook mejor.

Me voy a ahorrar las visiones apocalípticas. Para paisajes devastadores sobre un Mad Max que controlará el planeta como un Lex Luthor con sudadera ya tenemos a los gurús que anuncian cada dos o tres semanas algún tipo de plaga bíblica en la industria de las noticias.

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Marck Zuckerberg. Imagen: Telemetro.

Yo ya he dicho, y me reitero, que prefiero que las organizaciones de medios dejen de ver a Facebook con el recelo de los granjeros que vallan sus tierras para que no lleguen los lobos de las redes sociales y que es mejor adaptarse y trabajar con ellas.

No es tan esencial quién controla la distribución de las noticias como el modo de hacer rentables las audiencias. Lo que importa no es la autopista por la que circulen las noticias, sino que éstas lleguen a quien corresponde a cambio de una transacción para el que la produce. La tierra para el que la trabaja, pero en versión medios de comunicación.

Lo que nos debe importar, pues, es que nuestras noticias lleguen a los lectores. Y en la industria del click desaforado, a cuantos más, también mejor. Y si para eso hay que dar prioridad a las estrategias diferenciadas que se puedan seguir en Google y en Facebook, pues ya están tardando muchos editores en abrazar éstas con el furor de los conversos.

Eso sí, cuidado con olvidarse de lo esencial. Google y Facebook no son organizaciones filantrópicas que se desvelan por el futuro de los medios y los quieren mimar con cariño. Esto es un trueque en el que alguien da algo a cambio de algo.

Google y Facebook se quedan con las noticias y con la publicidad que antes llegaba a las empresas que producen estas noticias. Y a cambio, les proporcionan a estas compañías audiencias mucho mayores de las que podrían haber soñado jamás, pero ni por asomo ingresos suficientes como para hacer sostenibles sus proyectos en este nuevo ecosistema. De eso, piensan, que se dediquen los medios, que para eso ése es su negocio.

Si quieres, perfecto. Y si no, pues allá tú.

Que nadie espere pues un movimiento altruista. Los medios tendrán que seguir buscando nuevas vías de ingresos que sustituyan a una publicidad que ya va a ser muy difícil que vuelva a ellos. Y esas vías de ingresos no parece que vayan a venir de la mano de Google y de Facebook, sino de lo que se pueda cazar mediante el patrocinio de contenidos, los eventos o, por ejemplo, las suscripciones. Y si no, que alguien presente la factura desmintiéndolo.

 

 

El NO ejemplo del New York Times

Los últimos datos sobre la cuenta de resultados del periódico The New York Times ratifican que el camino emprendido tras levantar su primer muro de pago hace ahora cinco años es el correcto. La vieja dama neoyorquina tiene mas de millón y medio de suscriptores digitales y está trasladando su modelo de negocio del papel a la pantalla. La publicidad impresa ha bajado en los tres últimos meses un 18,5%, pero la digital ha subido un 21,4%, representando ya más de un tercio de los ingresos de la compañía. Y el New York Times empieza a ser menos un periódico impreso y más una compañía que tiene abonados en foma de suscriptores.

Si queréis más detalles, os paso por aquí un enlace a un artículo de Ismael Nafría en el que lo explica con detenimiento. Ahora me detendré en algo que no se me va de la cabeza: al New York Times le puede ir muy bien, pero el diario de la familia Sulzberger no puede ser un ejemplo para los demás. Es un referente, pero no puede ser EL REFERENTE.

No se trata de que me haya vuelto un obtuso enfermizo que reniegue del cambio digital o que me haya dado por el postureo de ir a la contra. Se trata simplemente de que veo improbable que el modelo de negocio de la gran cabecera norteamericana pueda ser ejemplo para los miles de periódicos de papel del orbe terráqueo del mismo modo que estoy convencido de que los equipos de Regional preferente de todas las ligas del planeta no pueden imitar las estrategias del Real Madrid, del Barcelona o del Manchester United.

Ni tienen la dimensión, ni tienen el volumen ni tienen la capacidad de arrastrar grandes audiencias y, por tanto, no pueden imitar una estrategia que no le corresponde.

The New York Times sólo hay uno. Es el líder, la gran referencia, la marca más aposentada y, en consecuencia, es la cabecera que tiene más posibilidades de éxito cuando se trata de pedirle a sus lectores más comprometidos que paguen por los contenidos que les ofrecen.

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Otros diarios también lo pueden hacer, pero no da la sensación de que el pago por contenidos pueda universalizarse. Más bien lo que se observa es que los periódicos tendrán que comportarse como esos armadores que cuando los bancos de pesca se vacían, deciden llevarse sus barcos a otros territorios en busca de esa pesca que les permitirá sobrevivir dignamente.

Esos bancos de pesca de la prensa podrán ser en algunos casos los muros de pago, pero serán los menos. Lo más lógico es que los ingresos vengan de una mezcla en la que se incluirán los contenidos patrocinados, la publicidad nativa, la organización de eventos o cualquier otra vía por la que las empresas de noticias puedan vender un servicio que no sea una publicidad como la que se estan comiendo Google y Facebook.

Es decir, que tendrán que buscarse la vida y asumir que, en el caso de los modelos de negocio de la prensa, lo que haga el líder no puede ser el ejemplo al que agarrarse…ni aunque se llame el New York Times.

Los periodistas ante la ‘tormenta perfecta’

Tormenta. Fuente: Pixabay

Los periodistas nos hemos acostumbrado tanto a que nos digan que vivimos en una tormenta perfecta que hemos terminado por no inmutarnos cuando nos avisan de que el huracán que acaba de aparecer en nuestro rádar amenaza con pegarnos todavía más fuerte.

He pensado en esto leyendo un artículo muy recomendable de Miguel Ormaetxea en Cuadernos de periodistas en el que se hace eco de la inminente llegada de una nueva crisis de “destrucción creativa” que amenaza con llevarse por delante, una vez más, una parte nada despreciable de los empleos de la industria del periodismo.

Si lo leéis y sois periodistas, podéis llegar a preguntaros legítimamente si esta crisis que ha reventado la industria tiene fecha de caducidad o si, por el contrario, no se trata de una crisis sino de un estado de cambio constante y permanente que no va a parar por mucho que protestemos y nos desgarremos las camisas como plañideras andantes.

Os resumo las principales causas que nos conducen de cabeza a otro nuevo valle de lágrimas: El uso creciente de los bloqueadores de publicidad, la competencia de los motores de búsqueda y las redes sociales, el rechazo de la publicidad tradicional por parte de los lectores y, por último, una alocada carrera por la audiencia que ha terminado por convertir muchos productos informativos en comida rápida y barata que apenas tiene valor. Y todo esto para un mercado en el que cada vez hay más actores dispuestos a reclamar su porción de ingresos y en el que, precisamente, cada vez hay menos dinero que repartir.

Uff, suena terrible, pero tenemos dos opciones: llorar por lo que nos está pasando (no os perdáis las referencias a la tesis de un par de profesores de la Universidad de Tejas que defienden que la prensa se ha equivocado en su estrategia de transformación digital) o aplicar el principio de realidad y dedicarnos a buscar modelos de negocio que esquiven estos peligros y sepan encontrar vías de ingresos para las arcas de los medios.

No se trata de una cuestión anecdótica. En realidad, representa los dos modos de entender cómo abordamos la mayor transformación que han vivido los medios desde que un tipo que se llamó Gutenberg inventó una máquina a la que llamó la imprenta.

O bien nos dedicamos a glosar con  nostalgia y aflicción todo lo que nos equivocamos y los peligros que nos acechan (y digo yo que ya estaremos cansados de quejarnos tantísimo) o bien nos ponemos a pensar cómo demonios salimos de la próxima gran ola de la crisis y cómo nos preparamos para superar las siguientes.

O lloramos o nos preparamos y afrontamos la realidad. Toca decidirse.

 

¿Se quieren convertir los grandes periódicos en cadenas de televisión?

Andamos tan enfrascados en nuestras disquisiciones sobre el futuro de los periódicos de papel que a veces no nos damos cuenta de cómo algunos de estos medios se han metido ya en el quirófano dispuestos a una operación de cambio de sexo que convierte a algunas cabeceras tradicionales de papel en productoras audiovisuales dispuestas a entregar todos sus contenidos al nuevo altar de las redes sociales.

Lo pensaba esta mañana repasando mi timeline de Twitter y viendo casi de forma consecutiva cómo El País ha terminado por convertir su cuenta de Facebook Live en una televisión que cuenta hasta con una parrilla de programación, cómo El Mundo cuelga un debate sobre los sucesos de Alsasua o cómo Público emite en sus redes una mesa redonda desde el Europarlamento.

Aquí, otro ejemplo.

 

Este movimiento se ha acelerado en los últimos meses y forma parte de un proceso de conversión aceleerada que convierte a todas nuestras organizaciones de noticias en medios híbridos dispuestos a adaptarse a lo que vaya llegando para consolidar sus marcas donde están las audiencias, en las redes sociales y en especial en las dos nuevas televisiones que han llegado a nuestras pantallas: Youtube y Facebook.

Las webs de las radios y de las televisiones parecen medios escritos y las de los medios de papel hacen programas de televisión y emiten podcast. Las cadenas hacen informativos para facebook y los periódicos explican la realidad en vídeos para twitter.

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Lo importante no es el soporte, sino la marca

No hay barreras más allá de las inercias de la tradición y las suspicacias de los que añoran un mundo en el que internet sólo era el sueño de cuatro locos que habían visto demasiadas veces seguidas Regreso al futuro.

En la búsqueda de la pócima milagrosa que resucite los ingresos, las empresas periodísticas están dispuestas a cambiar su naturaleza hasta el punto de cuestionarse hasta si son periódicos, televisiones, radios, webs o todo a la vez. Lo importante ya no es el soporte. Lo importante es la marca y cómo somos capaces de darle valor.

Es lo mismo que la publicidad. Antes consistía en insertar un anuncio en un periódico, emitir una cuña en la radio o grabar un spot para la televisión. Y punto. Ahora no, ahora lees sobre la publicidad en los medios y aparte de perderte en una marea de anglicismos liderados por mister Banner te mareas escuchando una y mil teorías sobre la publicidad programática, los contenidos de marca, los contenidos esponsorizados, los patrocinios o la publicidad nativa.

No es sólo que todo haya cambiado, sino que todo se ha multiplicado y que las fronteras de los medios han desaparecido. Y la flexibilidad es innegociable, pues ya no sólo competimos entre nosotros, sino que lo hacemos también con los motores de búsqueda como Google y hasta con las mismas redes sociales a las que nos entregamos en cuerpo y alma a la espera de que sean nuestro pasaporte a la supervivencia futura.

Nuestro paisaje cambia a una velocidad que nos cuesta procesar. Y lo que antes era una quimera, como que un periódico se convirtiera en una television con parrilla en una red social, ahora ya no lo es tanto.Se trata de una metamorfosis en toda regla. Y sólo sobrevivirán quienes sean capaces de asumirla como vital para seguir siendo útiles a los lectores, ahora reconvertidos en muchas ocasiones en telespectadores.

¿Queréis un caso de éxito en periodismo? WeblogsSL

Tenía pendiente recomendaros una entrevista a Julio Alonso, fundador de WeblogsSL, que ha publicado el blog del master en Innovación en periodismo que organiza la Universidad Miguel Hernández de Elche. En una época donde el cierre de periódicos y noticias empieza a no ser noticia (pensad, por ejemplo, en la desaparición del diario Ahora un año después de su nacimiento), merece mucho la pena leer las reflexiones de un tipo que preside una compañía de medios que seguramente ninguno de nosotros nombraría como una de las grandes del sector, pero que tenía ya en septiembre 53 millones de usuarios únicos entre España y Latinoamérica. O sea, que han sabido sobrevivir a los vaivenes de una industria donde se desayuna, se come y se cena incertidumbre y se han convertido en uno de los grandes actores de la industria de la información en español.

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De la entrevista se pueden sacar muchas conclusiones. Las mías van aquí:

  1. Llevamos más de una década en busca de la fórmula secreta de la Coca-cola de las noticias y seguramente no haya una solución sino múltiples soluciones a nuestros problemas de producto. En el caso de WeblogSL, no parecen salirse del carril: buscan hacerse fuertes en nichos de especialización que generen audiencia y que sean lo suficientemente atractivos como para formar un negocio publicitario en torno a ellos.
  2. Buscan ser el mejor medio en esas temáticas especiales. Y quiero entender con eso que le echan mucho tiempo a pensar quiénes son sus colaboradores y qué contenido de valor añadido le dan a sus lectores. Si no lo logran, a otra cosa. Y punto.
  3. Sostiene Julio Alonso que no ganan los más hábiles sino los que son más ágiles y más rápidos, que hay que ser rápido en entender el mercado y en cambiar y probar cosas. ¿Un ejemplo de ellos mismos? Están trabajando mucho en publicidad programática y tienen una agencia que elabora contenidos para marcas empresariales. Actúan como cazadores: si ya no hay dinero donde siempre, habrá que buscarlo en otros territorios. En este caso, vendiendo servicios.
  4. Y, por último, entender a tu audiencia y a la audiencia potencial, lo que significa pararte a pensar en los canales por los que llegan a ti y adaptarte a ese lector que no es uniforme y que lo mismo te llega gracias a los Instant articles de facebook, a través un enlace noticioso que le llegue a su cuenta de correo electrónico o porque te ha colocado en la carpeta de favoritos de su portátil.

Lo que dice Julio Alonso y todo lo que nos cuenta nos parece de sentido común. Es un ejercicio de adaptación al medio como el que observamos cuando nos sentamos a ver un documental sobre cómo sobreviven los animales en la jungla o en la sabana. Se trata de una cuestión que se resume en una sola idea: la capacidad de adaptarse a la persona a la que se supone que le sirves, algo que Julio Alonso traduce como “tomarse en serio las pasiones de la audiencia”.Y a WeblogSL le funciona. Vaya si le funciona.

P.D. Hace cosa de un año, Julio Alonso impartió en iRedes una conferencia sobre la evolución de los medios digitales. Una recomendación: el día que tengáis tiempo, echadle un vistazo. Muy interesante. Por aquí os paso el vídeo: