Icono del sitio Juan Carlos Blanco

Periodistas ejerciendo de editores y controlando sus propios medios: ¿dónde hay que firmar?

Lo último que ha publicado el instituto Reuters sobre las tendencias en la industria de los medios de comunicación anticipa la consolidación de todo lo que se ha ido gestando en este negocio en los últimos cinco años. Se vislumbra ya el abandono, casi que a regañadientes, de los modelos que pivotaban sobre el papel y que las marcas periodísticas ahondarán en el sistema de suscripciones, buscarán un nuevo acomodo en un mercado de la publicidad controlado por las grandes plataformas tecnológicas(Google, FB…) y se obsesionarán con la necesidad de diversificar sus ingresos a través de la creación y consolidación de comunidades en torno a las cuales se puedan generar esas fuentes de dinero que garanticen su viabilidad.

Anoto, en cualquier caso, una tendencia que también se percibe bajo el radar de este tipo de estudios y que me parece sustancial. Después de miles de despidos y de recortes, son ya tantos los ejemplos de las consecuencias de trabajar en condiciones de precariedad que barrunto que, a no mucho tardar, vamos a encontrarnos con una nueva generación de medios (algunos ya hay) puestos en pie por periodistas que van a preferir liderar sus propias organizaciones de noticias antes que seguir ejerciendo de redactores o directivos de compañías que se pliegan hasta niveles exagerados, casi que de bandera blanca y rendición, ante los poderes políticos y económicos de sus territorios.

Hay cierto hartazgo en la profesión ante este escenario y este cansancio puede traducirse en el crecimiento de un parque de medios más atomizado, pero también más libre y plural. En este nuevo mercado, convivirán las grandes marcas con los medios de nicho y con los creadores de contenidos y unos cuantos terminarán prefiriendo más libertad y menos mainstream.

La ventana de oportunidad existe para quienes entienden cómo funciona el mercado y son capaces de trabajar en modelos que saben conciliar los intereses editoriales y de negocio sin subastar el alma al postor que ofrezca más.

Las grandes cabeceras periodísticas, algunas más que otras, seguirán siendo las mayores prescriptoras de influencia y seguirán marcando el paso del debate y la discusión pública. Pero estas últimas ya no podrán monopolizar todo el talento periodístico y parte de ese talento y de esa profesionalidad se derivará hacia nuevos proyectos, más pequeños, en los que un número nada despreciable de periodistas encontrarán el acomodo que ahora no encuentran en medios cuya viabilidad depende de su mayor o menor cercanía con esos poderes. Y así, al menos, tendrán que estar pendientes de ganar dinero, pero por lo menos se evitarán que los despidan cualquier tarde porque lo que hacen no le gusta al gobierno de turno.

Quizás entremos entonces en la era de los periodistas reconvertidos en editores a la fuerza, algo que no es malo por sí mismo y que nos demuestra que, en esta era en la que se han roto todas las barreras de entrada al negocio periodístico, hay también espacio para quienes quieren romper con las reglas no escritas de un negocio en el que sus profesionales están cada vez más desprotegidos por la fragilidad de las compañías en las que desarrollan sus trabajos.

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