Los periodistas y la tiranía de los lectores con vocación de policías del visillo


27/10/2021


No caigo en ningún tópico si digo que una de las recriminaciones más clásicas que reciben los periodistas de parte de los ciudadanos es que trabajan para medios de comunicación que, a su vez, están al servicio de los poderes políticos y económicos. Esta afirmación, caricaturesca y con un cierto tono inquisitorial, ha ido creciendo conforme aumentaba también la precarización del trabajo periodístico y el debilitamiento de las marcas periodísticas fruto del derrumbe de sus modelos tradicionales modelos de negocio y hoy se ha convertido en una especie de palabra de Dios. En demasiadas ocasiones, se dan por sentadas las presiones y la idea anclada de que los informadores sucumben a ellas y pasan de de periodistas a marionetas en milésimas de segundo.

Este retrato contiene algo de verdad y demasiado de trazo injustificado y grueso. Los periodistas recibimos presiones… y cuidado con no recibirlas, pues en ese caso nuestro problema es que estaremos a un par de pasos de la irrelevancia.

Las presiones son parte del oficio y todos, más o menos, hemos ido aprendiendo a navegar sobre ellas. O te acostumbras o mejor que te dediques a otra cosa.

Pero el que se conviva con las presiones no significa que se asuman y acepten como quien se compra una entrada para ir al cine. Estamos asistiendo una vuelta de tuerca que está provocando que el ambiente se esté volviendo irrespirable. Y no hablo de que las presiones de quienes mandan sean cada vez mayores y que el cinturón de seguridad de las empresas periodísticas cada vez sea más pequeños, sino de que estas presiones empiezan a llegarnos desde demasiados frentes y pueden terminar por ahogar la capacidad de iniciativa de no pocos profesionales.

Lo pensaba mientras asistía esta semana en Madrid a la jornada sobre periodismo organizada por la Asociación de periodistas europeos en colaboración con Coca Cola, un encuentro de profesionales que este año analizaba ‘Las perversiones de los medios’.

En una de esas charlas, Monserrat Domínguez, directora de contenidos de la Cadena SER, y Jorge Bustos, jefe de opinión del periódico El Mundo, conversaban sobre las nuevas tiranías a las que se enfrentan los medios de comunicación. entre ellas, la tiranía del suscriptor.

Su planteamiento, que comparto, es que junto a las tradicionales presiones que reciben los periodistas, ahora podemos sumar una especie de tiranía del suscriptor en un momento de transformación en el que las cabeceras están abrazando la religión de los muros de pago en busca de una sostenibilidad que dependa más de los lectores y menos de la publicidad.

En este contexto, los medios tienen que asumir que ese lector que paga por tu contenido y al que invitas a formar parte de una comunidad, tiene el derecho a decirte si le gusta o no le gusta tu línea editorial y quizás sólo decida seguirte contigo, y pagándote, sólo si te mantienes en sus posiciones políticas o, por ejemplo, si prescindes de los articulistas que les irritan porque no dicen exactamente aquello que quiere leer, escuchar o ver.

En estos casos, encontramos lectores con vocación de agentes soviéticos dispuestos a cazar al disidente que se esconde detrás de algún columnista con la mirada extraviada.

Los policías del visillo

La capacidad de presión de estos aprendices de Torquemada puede crecer en este escenario de debilidad, pero también es verdad que la gran mayoría de los medios asumen esta realidad y suelen bandearse bien con ellos.

Todos saben en este negocio que si se deja caer a un periodista o se deja de publicar una información para no molestar a un suscriptor, no sólo cae el periodista, sino también la credibilidad del medio, que no deja de ser su principal capital.

Hemos aprendido a vivir bajo el mayor de los escrutinios. A la presión de los poderes políticos y económicas y a la presión de los lectores, socios y seguidores hay que sumar un tercer flanco de ataque: el de los policías del visillo del pensamiento, dispuestos siempre al linchamiento desde sus cuentas en las redes sociales. Hoy, con algunas redes convertidas en platós virtuales del Sálvame político, los periodistas hemos pasado también en demasiadas ocasiones de espectadores a protagonistas de la actualidad, a víctimas del populismo tribunero que condena al que toque a base de zascas, hashtag y almohadillas.

Vivimos, por tanto, en la era de la triple presión. Pero tampoco nos tiene que afectar más de lo necesario. Como dije al principio, para trabajar en este oficio, hay que saber soportar las presiones, vengan de donde vengan.

No digo que haya que soportar los linchamientos ni las campañas difamatorias (hay compañeros que yo no sé ni cómo aguantan en Twitter), pero sí que debemos acostumbrarnos a entender que en una sociedad hiperconectada en la que se alienta la conversación, hay que aceptar que el nivel de las presiones y el control sobre lo que hacemos crece exponencialmente. Todo se ha democratizado, incluidas las presiones. Y no tiene por qué ser necesariamente malo.



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