Icono del sitio Juan Carlos Blanco

¿Serías capaz de vivir sin Google y sin asomarte a las redes sociales?

Hace tiempo que me he despreocupado de saber dónde aparqué anoche el coche. Miro Google Maps y me dice dónde lo dejé. Cuando me monto en el vehículo, y en función de la hora y de lo que haya puesto en mi Google Calendar, me avisa del tiempo que voy a tardar en llegar a mi destino.

Hablo de Maps y de Calendar, pero también lo podría hacer de los Docs, del Drive, de todas las cuentas de correo electrónico que tengo asociadas a Gmail o de las incontables veces que entro en el buscador para buscar noticias de actualidad, para leer reseñas sobre restaurantes y hoteles o críticas de libros y series de Movistar y de Netflix.

Vivo en Google. Y asumo que a cambio de todas las comodidades que me facilita, les estoy dando toda mi privacidad. Google es el compañero de mi dormitorio y el amigo que mejor me conoce. Si me pusiera cursi, diría incluso que es el guardián de mis secretos más íntimos,

Es la servidumbre de un modelo de negocio de publicidad conductual que domina el negocio de la mayoría de las grandes plataformas tecnológicas, si acaso con la excepción de Apple. Google, como también Facebook y el resto, nos hace vivir mejor, pero a cambio explota comercialmente nuestros datos más privados. Al modo de Fausto, le vendemos nuestra alma a cambio de hacernos más placentera nuestra vida. Y no parece que ni vosotros ni yo estemos dispuestos a renunciar a sus ventajas a cambio de la protección de nuestra privacidad.

En una magnífica entrevista que he leído en El Confidencial, la profesora de Ética digital de la Universidad de Oxford Carissa Véliz nos recomienda fehacientemente que dejemos Google y que usemos alternativas más éticas al mayor buscador de la historia de la humanidad.

Queda bien lo de darle la espalda a las grandes plataformas, pero, ¿es realmente posible?No pasa nada por confesar la realidad: somos adictos digitales. Y como tales, debemos ser pragmáticos. Jugar a las grandes decisiones queda bien en el relato de la opinión pública (“me exiliaré de las redes”, “le declaro la guerra a Google y a Facebook”), pero es estéril. La clave es saber qué podemos hacer para no terminar gobernados por algoritmos y cómo podemos luchar contra la venta fraudulenta y masiva de nuestros datos para su uso en mercadillos globales de saldo.

Más allá de las declaraciones grandilocuentes y pomposas, quizás sería más útil centrarnos en dos debates que atacan de forma más pragmática los problemas que están surgiendo por nuestra adición desmedida al uso de las redes y las plataformas.

1.La regulación. Las plataformas no son parques temáticos libres de cualquier control y regulación. Pues claro que hay que controlar desde lo público el uso que hacen de nuestros datos. Es la gran batalla que hay que plantear junto a la de la vigilancia de aquellos contenidos falsos y tóxicos que de forma nada casual incitan a la polarización y a la erosión de la confianza en los sistemas democráticos.

Y sin olvidar también el impacto de estas redes en niños y adolescentes, como hemos visto estos días sobre la denuncia de cómo Facebook escondió que sabía el impacto tóxico de Instagram sobre miles de jóvenes de todo el mundo.

No nos pueden gobernar los algoritmos ni nos pueden robar todos nuestros datos para venderlos en un mercadillo de saldo donde no se respeta nada. Lo público, en este caso como en tantos, tiene una responsabilidad sobre cualquier otra, que es la de entender la magnitud del desafío al que nos enfrentamos. Las tecnológicas nos han permitido vivir mejor, pero si no se regulan también pueden convertirse en un activo tóxico para los ciudadanos y para las sociedades en las que viven.

Y 2. La autorregulación. No vamos a dejar de usar Google ni la red social que esté más o menos de moda. Pero conviene que empecemos a utilizarlas de una forma más o menos racional para que no terminemos siendo esclavos de ellas. A veces, tengo la sensación de que tenemos una especie de síndrome del scroll (yo el primero) en el que nos pasamos el día subiendo y bajando por nuestros timelines de Twitter o de Instagram como si fuéramos autómatas o ratones de laboratorio. Quizás el camino no sea abandonarlas, sino hacer un uso menos desmedido de ellas. Y no hace falta sufrir un apagón de seis horas de Facebook y de Whatsapp para saber que se puede lograr. Basta con obligarnos a hacer unos descansos digitales o a disciplinarnos a no usar el móvil en determinadas circunstancias como ese vistazo que le echamos al correo nada más despertarnos o esos repasos al timeline en medio de un almuerzo entre amigos.

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