Icono del sitio Juan Carlos Blanco

¿Somos conscientes de los efectos de nuestra adicción al móvil y a las redes?

Soy del baby boom, una generación con recuerdos en analógico mitificados ahora en algunas series de televisión. Crecí viendo resúmenes de partidos de fútbol, películas de Landa y Fernán Gómez y obras de teatro en la Segunda Cadena de la única televisión que teníamos entonces. Fui a mis primeras fiestas en los polideportivos de los institutos y a los cine fórum del colegio y me aficioné a la mejor literatrura gracias a los clásicos que compraba en los quioscos a diez pesetas cada ejemplar. Y como tantos de mi edad, echaba mano de la imaginación y de la calle para matar el aburrimiento. Un universo de barrio de un país en vías de desarrollo. Y un un paleolítico sin wifi si se mira desde la perspectiva de los ahora llamados nativos digitales.

Hoy, las nuevas generaciones viven mejor, son más altas, más fuertes y más sanas y, en teoría, no tienen tiempo para aburrirse. La generación de banda ancha disfruta de tantas ofertas que no se devana el cerebro para llenar sus horas muertas. Sólo necesitan disponer de batería suficiente en sus teléfonos móviles para tener en sus manos una oferta de entretenimiento infinita, con asomarse a Instagram, a Tik Tok, a Youtube o a la red que en ese momento esté más de moda entre ellos para acceder al contenido que les apetezca.

Da igual si es para embelesarse con las charlotadas de algún jugador de videojuegos reconvertido en youtuber de culto o si es una escena de porno duro a la que acceden deletreando cuatro letras en un motor de búsqueda. Todo es al instante. Las películas, las series. Todo. Ya no esperan una semana para ver el siguiente episodio de casi nada. Sólo ven en directo alguna retransmisión deportiva. Y siempre con el móvil en la mano, tecleando compulsivamente emoticonos y frases entrecortadas.

Pero hay algo que nos une a todas las generaciones, las de antes y las de ahora: nuestras adicciones. Estamos enganchados a las pantallas. Y ni sabemos qué consecuencias tiene nuestro enganche.

Un par de ejemplos. 1). Haced la prueba de sentaros en el sofá del salón de casa, encended la televisión, id a la plataforma a la que estéis suscritos y elegid una película. Y ahora, haceos a vosotros mismos las siguientes preguntas: ¿cuánto tiempo habéis tardado en elegirla? ¿ha podido pasar que hayáis repasado decenas de películas y que no haya ninguna que os convenza? ¿puede que hayáis pasado más tiempo buscando una película que viendo ese mismo filme? Se llama fatiga de la atención. Y es un mal común.

Los algoritmos de las plataformas de entretenimiento se diseñan para que consumamos grandes porciones de las películas y las series que nos gustan y trabajan con nuestros datos para ofrecernos ofertas que nos enganchen. Y son adictivas. No queremos ver los títulos de crédito del final. Queremos el siguiente capítulo que nos quitará otra hora de sueño. Y esto vale tanto para el adolescente como para el padre que se acuesta a las dos de la mañana viendo Peaky Blinders.

2) Os propongo ahora que contéis las veces que miráis vuestro teléfono móvil a lo largo del día para consultar vuestras redes sociales. Hay estudios que dicen que más de 80 veces de media al día y que una de cada tres personas lo consulta más de cien ocasiones al día. En el caso de los más jóvenes, aún más. La lingüista Naomi Baron calcula que entre 150 y 190 veces al día.

Se observan dos consecuencias de trazo bastante grueso.

La primera de ellas reside en nuestra pérdida de concentración y atención. Nuestro cerebro se adapta a esta nueva realidad, somos más rápidos y más ágiles en los estímulos cortos, pero también nos cuesta más concentrarnos y perdemos parte de nuestra capacidad de atención. Internet cambia nuestros circuitos cerebrales y nos hace adaptarnos a los estímulos inacabables que nos proporciona, como bien nos advierte Nicholas Carr en su ensayo Superficiales. Qué está haciendo internet con nuestras mentes. (Editorial Punto de lectura). Nos sentimos obligados a echarle un vistazo a nuestro Facebook o a ver el último meme que nos mandan al grupo de whatsapp de los amigos a la vez que hablamos con nuestros hijos o con nuestros compañeros de trabajo.Y perdemos el foco, nos distraemos.

Nuestra atención es como un fogueo, relampagueante. Cuántas veces somos capaces de repasar las notificaciones de nuestras cuentas en Twitter, Facebook o Instagram. Cuántos libros hemos dejado de leer a cambio de las dopaminas placenteras que nos proporcionan nuestros dispositivos electrónicos. ¿Quién se adentra, aunque sea un cuarto de hora antes de dormir, en una novela voluminosa de Tolstoi o en la lectura de un periódico pudiendo ver en Instagram fotos e historias de las celebrities y de nuestros amigos? ¿Cuántas veces se nos va la mano detrás del móvil mientras estamos hablando con alguien en un restaurante o en una terraza?

Nuestra necesidad de emociones y experiencias instantáneas se ha adaptado a los estímulos exprés que nacen y mueren entre notificación y notificación. Y nos aburrimos casi tanto como cuando sólo había una cadena de televisión y unos cuantos libros de bolsillo. La sociedad de la banda ancha tiene de todo, pero puede aburrirse más que la analógica.

En cuanto a la segunda de las consecuencias, se sitúa en el terreno del consumo de las noticias y los efectos de la saturación mediática. Tenemos acceso ilimitado a la información, gratuita y al alcance de muy pocos clicks, pero nunca nos hemos sentido tampoco más desconcertados y recelosos.

Nos cuesta distinguir entre las informaciones veraces y las que no lo son. Nos cuesta tener criterio. No somos capaces de filtrar, entre tantos impactos, cuáles son aquellos que merece la pena que consumamos porque nos aportan valor y cuáles no. Y todo esto ocurre en un entorno de polarización que nos hace dar por bueno todo aquello que reafirma nuestras convicciones ideológicas, morales y sociales.

Con el sistema de medios de comunicación en sus horas más bajas, lo que nos dice un familiar, un amigo, un compañero de trabajo o un padre o madre del colegio en un grupo de whatsapp tiene para nosotros más valor que lo nos cuente un medio de comunicación, pese a que estos últimos canales de información cuentan con profesionales, los periodistas, que dedican su tiempo a verificar las informaciones y a publicar aquellas que hayan sido más o menos contrastadas y que aporten valor o sean meramente noticiosas.

En esos grupos de whatsapp, y también en algunas cuentas de Twitter y en grupos cerrados de Facebook, la información que tiene más posibilidad de compartirse no tiene porqué corresponder con las que aporte más valor o sea más veraz. Depende de lo que quiera el algoritmo. O mejor dicho, de lo que quiera quien maneja el algoritmo.

El problema, en cualquier caso, no reside aquí en que haya una inflación de noticias con una capacidad de viralización elevada, sino que se utilicen como puerta de acceso a la opinión pública de toneladas de informaciones falsas que responden a intereses políticos, sociales y económicos muy determinados.

Estas fake news provocan una fractura social por su capacidad para generar desconfianza y crispación y para dividir a la comunidad con mensajes de trazo grueso polarizados y agresivos, que alimentan la deshumanización del adversario y convierten el debate público en una taberna global donde encuentran más acomodo los indignados de naturaleza vehemente que los moderados y los alérgicos a la confrontación visceral.

Los populismos de todo signo ideológico convergen en este punto en usar tácticas de desprestigio masivo. No importa mentir. A cada mentira descubierta, responden con una mayor. Lo importante es hacer que el terreno de juego sea impracticable. Y que cale la idea de que todos son iguales. Luego ya vendrán ellos a salvar a los ciudadanos de la casta causante de sus peores males.

En este contexto viciado, nuestras oportunidades para informarnos y, a partir de ahí, tomar mejores decisiones para mejorar nuestro entorno más cercano y la sociedad en la que vivimos se han agrandado, pero, sin embargo, no tenemos la percepción de que hayamos sabido aprovechar estas oportunidades. Tenemos más información a nuestro alcance, recursos infinitos, pero, sin embargo, nos sentimos peor informados, desinformados.

La edad de oro de la información ilimitada y en abierto gracias a la irrupción de este cuento de las mil y una noches de megabytes y banda ancha que es internet se ha transformado en una fosa séptica donde no es fácil localizar e identificar la información y la opinión de calidad, útil y de servicio que nos puede ayudar a ser mejores ciudadanos.

‘Infoxicados’

La oferta informativa es inagotable, pero nos sentimos intoxicados. Y no reaccionamos como sociedad. En todo caso, lo hacemos como individuos que le hacen una enmienda a la totalidad a la industria periodística afirmando que «todos los medios mienten» o que, cada vez más, practican una suerte de exilio digital y huyen de estos ambientes irrespirables porque no son capaces o no encuentran la razón para soportar tanta inmundicia.   

Desde el punto de vista de los medios, este avance de la desinformación es también una oportunidad. Su representatividad y credibilidad están en entredicho, pero cada uno de ellos tiene en su entorno geográfico, político o social la capacidad de convertirse en un valor refugio para sus comunidades más cercanas, en territorios de confianza a los que se puede acudir en busca de una información de la que los ciudadanos se puedan fiar en una época en la que la podredumbre generalizada nos impide distinguir entre las noticias falsas y las verdaderas.

Si no se dejan adulterar, los medios de comunicación son en sí mismo el mejor dique de contención para la desinformación, pero necesitan recuperar la confianza de los ciudadanos. Y eso no se consigue pidiéndolo, sino demostrando con hechos que merecen ese reconocimiento y ese crédito. Se tienen que ganar ese derecho a ser escuchados. Y eso no se logra en unos días o semanas.

Hay un nexo común que aporta valor a casi todos ellos: más allá de sus posicionamientos editoriales y políticos y de quiénes ejerzan su influencia sobre ellos, cuando hablamos de los medios con vocación de trascender nos referimos a proyectos intelectuales compartidos que cumplen con unos mínimos estándares de calidad y que procuran respetar a sus lectores, oyentes y televidentes.

La manipulación de los contenidos periodísticos que se denuncia es real porque el periodismo es una actividad con influencia en la comunidad que está hecha por seres humanos y que, por tanto, es susceptible de ser usada con fines espurios y malintencionados, pero su presunta maldad es menor de la que proclaman quienes lanzan soflamas incendiarias sobre ellos con el atrevimiento que da la ignorancia.

Y, por cierto, si queremos toparnos con ejercicios masivos de manipulación, no tenemos que molestarnos en bucear en las ediciones de los periódicos o en los informativos de televisión y de radio de los grandes grupos de comunicación. En la época de la información masiva, hemos llegado, pues, a un estado de infoxicación mediática en el que proliferan los indignados perpetuos, los torquemadas y los piratas virtuales y en el que, a la misma vez, un número cada vez mayor de ciudadanos busca incluso momentos de desconexión digital para liberarse de la inmundicia y la confusión. En esta paradoja de la abundancia, nos hemos quedado atrapados en un bucle perverso. Y no es fácil salir de él.

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