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Valdano, el dueño de Zara y la tribu de los hooligans

Jorge Valdano ha sido siempre un tipo singular. Argentino de Santa Fe, (1955), las primeras imágenes que recuerdo de este jugador, entrenador, director técnico, escritor, comentarista, columnista y tantas cosas más nos muestran a un hombre espigado, con el peinado de un cantante vintage a punto de sacar en las vísperas de la Feria de Abril un nuevo disco de sevillanas, las medias a la altura del empeine y unos movimientos más toscos que elegantes sobre el césped.

Su singularidad, en cualquier caso, no venía por su aspecto setentero de entonces o por su posterior imagen elegante y tan pulcra, sino por su fluidez verbal y por su uso del lenguaje.

Desde su llegada a España, y cada vez que se ponía delante de un micrófono, mostraba una soltura dialéctica que sobresalía en un mundo de lugares comunes en el que la lectura de todo lo que no fuera el Marca, el As o el Mundo Deportivo generaba sospechas de ausencia «de lo que hay que tener».

Con él, no había tibiezas que valieran: o se le quería o se le odiaba. Pero lo que me llamaba la atención era que, por lo general, se podía calificar a unos y a otros en función de sus inclinaciones políticas, sociales y culturales. Si el aficionado al fútbol se sentía o decía ser progresista, leía El País y tenía en sus estanterías libros de novelistas latinoamericanos como Onetti, García Márquez o Cortázar, raro sería que no siguiera con fruición a Valdano y que no lo admirara tanto por sus goles como por su labia y discurso. Si, por el contrario, ese aficionado leía periódicos conservadores y escuchaba los programas nocturnos de José María García, tampoco había muchas opciones: odiaba a Valdano o, en el mejor de los casos, no le soportaba. 

Con las reacciones que generaba Valdano se aprendía rápido en esos tiempos lo que era el pensamiento tribal. No era algo racional, sino de piel, de puro sentimiento: Pienso lo que piensen los míos. Por decirlo con trazo grueso: si me siento progresista y algo leído, me gustará Valdano. Y si me siento conservador, lo consideraré un charlatán sobrevalorado.

Este tribalismo no es privativo de unos y otros, forma parte de nuestra educación sentimental y perdura en el tiempo porque los seres humanos vivimos en comunidad y nos relacionamos a partir de unas etiquetas sociales que nos permiten saber con dos o tres rasgos quiénes son de los nuestros y quiénes no lo son y qué nos conviene y qué nos debe generar temor, desconfianza o miedo. 

La tribu nos permite sobrevivir gracias a la protección que nos ofrece, pero también nos posiciona hasta la asfixia. Y a partir de esas etiquetas tribales que imponemos a propios y ajenos, defendemos y atacamos gregariamente a quienes defienden o atacan los nuestros sin darle mayores vueltas.

Zara, los buenos y los malos

He empezado con Valdano porque su caso me sorprendió cuando era un adolescente madridista adicto a los periódicos y a las emisoras de radio, pero hay un caso ahora aún más fascinante en el que se entremezcla todo: la sociedad, nuestro sentimiento de comunidad, nuestra percepción de quienes triunfan y nuestra manera de entender la política y la vida. Amancio Ortega, el tendero más afamado de Arteixo.

Ortega es el dueño del imperio Inditex, un conglomerado textil de 170.000 empleados, 7.500 tiendas y ocho marcas comerciales, entre ellas Zara, que se distribuyen en un centenar de países. Zara, en sí misma, es un planeta que viste en su día a día a millones de mujeres y de hombres.

Ortega gobierna su mundo desde un pequeño pueblo en las afueras de A Coruña. Y tampoco deja indiferentes por el camino. O se le admira y se le respeta o se le odia como al que más. Es un símbolo. Y, como tal, ha sido usado por partidos políticos como Podemos, que ha emprendido sucesivas campañas en las que lo ha descrito como una encarnación del capitalismo maléfico que explota sin conmiseraciones a los de abajo, sean quienes sean en este caso los de abajo.

Podemos no se empeña en machacar a Amancio Ortega porque se haya obsesionado con él, sino porque sabe que esta táctica emocional es eficaz. En política, se necesita tener amigos, aliados, adversarios y también rivales a los que podamos etiquetar como villanos.

Para Podemos, Amancio Ortega encaja en el último de los perfiles. Su imperio tiene tantos empleados como habitantes tienen Burgos, Santander o Getafe, se dedica a un sector con abundante mano de obra no cualificada que recibe salarios bajos y en el que hay temporalidad y sale todos los años en la lista Forbes de los hombres y mujeres más ricos del mundo. 

¿Un ricachón que se aprovecha del trabajo esclavo de sus empleados? ¿Un ejemplo de cómo hacerse rico a costa del sufrimiento ajeno? ¿Alguien que hace marketing solidario entregando a la sanidad pública máquinas para los enfermos de cáncer que deberían pagarse con nuestros impuestos y no depender de la supuesta caridad del emir de Arteixo? ¿Un personaje dickensiano y gallego que se dedica a amasar dinero mientras permite las condiciones deplorables de trabajo en sus tiendas y en las fábricas que le proveen del material que luego vende por sus ramales textiles?

Foto: El Español

Ya no es sólo que sea muy fácil hacer demagogia política con alguien como Amancio Ortega, sino que es que, además, esta práctica es muy beneficiosa para sus intereses: cohesiona a sus votantes alimentando los prejuicios primarios que alimentan su cuerpo ideológico y sitúa a Podemos en primera línea a la hora de recoger en periodos de crisis los frutos del resentimiento social. Es un candidato perfecto a enemigo número uno. Lo tiene todo.   

Ahora, trasladad este sesgo tribal a cualquier debate que suscite el interés general. La realidad siempre es compleja. Los blancos y negros no funcionan a la hora de abordar los asuntos de la comunidad, sean éstos cuales sean. Pero, sin embargo, cada vez es más frecuente acercarse a ellos con aproximaciones tremendistas.

Defendemos con vehemencia lo que sostenga el partido o el líder con el que más simpatizamos y criticamos con el ardor entusiasta de Roberto Alcázar y Pedrín cualquier afirmación del contrario. Y las discusiones derivan en combates dialécticos salvajes para los que sacamos del armario los adjetivos más violentos con los que denostar a nuestros adversarios, a quienes, poco a poco, deshumanizamos.

La convivencia social se fractura periódicamente. Nuestra historia reciente lo atestigua. Pero ha cambiado el grado de aceleración de estas fracturas. La velocidad de propagación de las noticias, la falta de filtros de control de las redes sociales y el derrumbe del ecosistema tradicional de los medios han acentuado los procesos de tribalización exacerbada de la opinión pública, ahora tomada en parte por hooligans fanatizados.

Nunca antes tantos tuvieron tantas posibilidades de saciar su sed de odio ni de mostrar su adhesión inquebrantable a la causa de su tribu. La hiperventilación al alcance de un click. Una tentación irresistible. Y también una oportunidad para mostrar el resentimiento social contra las élites.

Google, Youtube, Facebook y el pensamiento tribal

Los medios de comunicación tradicionales han sido desde sus inicios proyectos tan industriales como intelectuales que crean comunidades en torno a sus marcas gracias a su capacidad de ofrecerles a sus lectores, oyentes y telespectadores una visión del mundo que se acerca a la lo que ellos quieren pensar. Era y es un pacto tácito: los periodistas y editores de esos medios saben dónde trabajan, no se salen de determinados pasillos editoriales de seguridad y publican contenidos más o menos fiables que entran dentro de esos parámetros. 

Los excesos están a la orden del día, entre otras razones porque la precarización de la industria provoca que algunos periodistas confundan su papel, se olviden de estas reglas no escritas y se disfracen de mercenarios de causas políticas y periodísticas, dispuestos a las mayores carnicerías a la espera de la recompensa de un ascenso profesional o del reconocimiento tribal de los suyos. Pero esas excepciones son eso, excepciones, no la norma. 

El problema se agrava cuando los medios pierden su papel central en la conversación y éste se traslada a las redes sociales, a plazas públicas que albergan foros únicos y extraordinarios para la conversación, para el entretenimiento y para el intercambio de información a cambio de nuestros datos personales y de nuestra privacidad.

Los ciudadanos deciden mudarse a esas plataformas para informarse en Facebook, en Twitter, a través del buscador de Google o gracias a lo que les llega a sus grupos de whatsapp. Pero sin reparar en un par de detalles que, a medio plazo, han sido trascendentales para entender cómo ha ido ganando terreno lo peor de este pensamiento tribal. 

En primer lugar, se trata de plataformas, redes y motores de búsqueda que necesitan grandes volúmenes de público y que usan algoritmos que alientan a navegar por sus contenidos más escandalosos. Se abusa de lo impactante porque funciona. Y para eso, se trabaja con material tan inflamable como el de las emociones primarias más negativas, tales como el odio, la ira o la indignación, que proporcionan más visitas y más tiempo de permanencia que las informacies sujetas al principio de la veracidad. 

Y en segundo lugar, estas plataformas y redes sociales nunca han tenido entre sus objetivos preferentes la verificación de los contenidos que se publican en sus plazas públicas.

Ya hemos hablado mucho en este blog sobre Facebook: ¿se ha convertido la red de Mark Zuckerberg en el mayor editor de medios de comunicación de la historia de la humanidad? ¿por qué no quiere que la consideren un editor? ¿por qué huye Zuckerberg de esa consideración pese a albergar el contenido informativo de miles de medios de comunicación y aspira a un Facebook más social y menos mediático?

Porque no quiere que le obliguen a verificar y filtrar todo aquello que se publica en su red y, menos aún, quiere que se le responsabilice de las noticias falsas que circulan por sus muros, sobre todo, ahora que su reputación está más que en entredicho. ¿Zuckerberg respondiendo otra vez ante los congresistas norteamericanos o en el Parlamento europeo con la corbata asfixiándole el cuello ? No, mejor que no.   

Con Google es igual. La nueva biblioteca virtual de Alejandría que fundaran Larry Page y Serge Brin en 1998 compendia, tres décadas después, una gran parte del saber del universo y, con permiso de ese enorme logro colectivo que es la Wikipedia, sigue siendo la herramienta informativa más importante que ha dado la humanidad; es un jerarquizador único que nos permite tener al alcance de unos cuantos clicks todo lo que queramos saber sobre cualquier asunto de cualquier punto del planeta. No sabríamos vivir sin Google y sus herramientas infinitas y asumimos que, junto a nuestros datos, les cedemos una parte de nuestra privacidad y de nuestra intimidad. 

Pero Google, propietaria de Youtube, también prioriza en sus aplicaciones aquello que proporciona las visitas que necesita para seguir haciendo crecer su negocio hasta hacerlo más y más grande. El efecto red al infinito. Y eso se traduce en que prima las informaciones más escandalosas y en que también mira hacia otro lado cuando se trata de cortar o borrar informaciones políticas o sociales cuya falsedad es notoria. El motor de búsqueda se limita a denunciar abusos que puedan volverse en contra suya, pero tampoco es un baluarte frente a las noticias falsas. Al menos, hasta ahora.    

Estas estrategias de las plataformas alimentan el tribalismo al permitir la difusión masiva que contenidos que incitan a la confrontación, el odio o la deshumanización de los adversarios políticos, sociales y económicos y las ponen ante el ejemplo de su responsabilidad o, en este caso, de su irresponsabilidad. 

Las plataformas no destierran el pensamiento crítico y cívico, pero lo arrinconan por el método del aplastamiento. Por cada información rigurosa, encontramos diez, quince o veinte noticias falsas firmadas por trileros digitales o por indignados hiperventilados; por cada análisis crítico, hallamos decenas y decenas de titulares impactantes y sensacionalistas que permiten incrementar sus ganancias hasta cantidades inimaginables gracias a la inserción de sus programas de publicidad. 

Twitter no se creó para los discípulos de Aristóteles

¿Quién no cae en este contexto en la tentación de los contenidos populares y populistas? Y es más: en estas circunstancias, ¿a quién demonios le importa el aplastamiento del pensamiento crítico o la proliferación de tuiteros fanatizados? Twitter no se creó para los discípulos de Aristóteles. 

Como si Torquemada siguiera vivo y se hubiera abierto una cuenta en Twitter y otra en Facebook, las huestes de totalitarios también dictan virtualmente sentencias exprés contra quienes osen a disentir de ellos. Se trata de odiadores profesionales (haters, por su nombre en inglés, en la jerga de Twitter) que acosan y vituperan a sus presuntos adversarios y fomentan y jalean los linchamientos virtuales de quienes defienden otras ideas, creando un ambiente tabernario que, a la larga, expulsa a los usuarios de naturaleza más tibia y moderada. 

Estos Millán Astray de las redes, aprendices de inquisidores, practican el matonismo virtual mediante la humillación y el amedrentamiento de rebaño y sólo descansan cuando la víctima se pliega y, en no pocos casos, cierra sus cuentas sociales para acabar con la presión a la que se ve sometido. A veces, también en las propias filas ideológicas, pues la disidencia se convierte en estos entornos en un pecado capital que merece el peor de los castigos. 

¿Cultura de la cancelación o caza de brujas?

Esta tendencia se observa tanto en causas que podemos considerar justas como en aquellas que entendemos que no lo son, se acentúa en tiempos de polarización como los actuales y se manifiesta en un fenómeno tan propio de nuestro tiempo como el de la cultura de la cancelación, muy dañino para las democracias por dos razones: 1) porque constriñe la celebración de debates abiertos y plurales y 2) porque provoca un ejercicio masivo de autocensura de quienes no quieren ser linchados públicamente por sus tribus.      

Hemos visto un ejemplo en las protestas por la muerte de George Floyd, cuando tuvo que dimitir el director de Opinión de The New York Times, James Bennett, por la publicación de un artículo de un senador en el que defendía la intervención militar para sofocar los estallidos de violencia acaecidos tras el (por el momento presunto) asesinato de Floyd a manos de agentes de policía de Minessotta.

Y, también, cuando, por la misma razón, presentaron en esas mismas fechas su dimisión dos cargos de la Poetry Foundation porque, según una carta de una treintena de autores, el comunicado de denuncia de esta institución sobre la actuación policial había sido demasiado «tibio» .

El aroma a caza de brujas impregna el ambiente en la misma proporción que el miedo a salirse del carril de lo correcto, el temor a desmarcarse de la tribu y ser castigado por pensar distinto. Una dictadura ideológica que estrecha los circuitos del debate y nos deja en manos de presuntos mártires de la democracia, erigidos en depositarios de las verdades absolutas y excluyentes. 

Ante esto respondían más de 150 intelectuales anglosajones como Noam Chomsky, Margaret Atwood, Mark Lilla o Martin Amis en un manifiesto publicado en la revista Harper’s este verano de 2020 en el que denunciaban los excesos y la intolerancia de determinada izquierda activista y reclamaban el derecho a discrepar sin atenerse al castigo que podrían sufrir, en ocasiones en forma de despidos, destituciones o vetos en sus carreras profesionales. 

Las mismas reacciones al manifiesto avalaban la necesidad de su firma: decenas y decenas de críticas feroces obligaban a algunos de los intelectuales firmantes a retractarse de su apoyo para evitar el linchamiento social, mediático y virtual al que fueron sometidos en cuanto que se publicó el documento. Un episodio ingrato más de esta ‘cultura de la cancelación’, un nombre quizás demasiado sofisticado para definir a los censores inquisitoriales que ejercen de policías del pensamiento único dispuestos a defender la pureza ideológica de la tribu ante quien sea, ya se llame Valdano, Amancio Ortega o cualquier otro demonio particular en el que centrar nuestras obsesiones y prejuicios.

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