La falta de pluralidad y otras leyendas urbanas del periodismo español


14/10/2020


Si algo no deberíamos permitirnos los periodistas es caer en aquello que denunciamos, en especial, cuando hablamos de los problemas de nuestro gremio. La prensa en España tiene muy mala prensa. Y quizás nos la hayamos ganado a pulso. Pero, incluso en este último caso, sigo sin entender la tendencia a la flagelación y a la crítica apocalíptica que se observa en algunos comentarios de compañeros sobre el ejercicio de la profesión en nuestro país.

El periodismo dista mucho de ser un paraíso en la tierra. El derrumbe del modelo tradicional de negocio ha ocasionado un deterioro insoportable de las condiciones de trabajo de los periodistas, el debilitamiento de su papel en la conversación social y el aumento de las manipulaciones informativas en una época en la que, además, nos invade una epidemia de informaciones falsas y donde, por cierto, las mentiras no penalizan a quien las perpetra.

Pero, a la misma vez, también se ha producido una democratización del acceso a la información gracias a la socialización de internet que, a su vez, ha permitido la puesta en marcha de nuevos proyectos periodísticos que están desafiando estos problemas y consolidando propuestas cada vez más sostenibles e independientes.

Pues bien, aún así, seguimos cayendo en los lugares comunes más persistentes. Uno de ellos es ya un clásico: el de la falta de pluralidad. Me acordaba de él al leer un comentario en Twitter de un conocido pianista inglés afincado en España, James Rhodes, que ha cogido fama en España, entre otras razones, por sus declaraciones de amor a este país y por su carácter, afable y abierto como el que más.

Rhodes caía en uno de esos tópicos que no hay quien destierre al dar a entender que en España la prensa está en manos de un pequeño grupo de individuos y que, en tal sentido, estaba en un nivel incluso peor que en su país de origen. El tuit alcanzó en doce horas más de 2.000 ‘me gusta’ y dio paso a unos comentarios generalizados y bastante hirientes sobre el estado de los medios en España y su control por parte de los poderosos de este país.

Tenemos muchos problemas, pero, por fortuna, entre ellos no se sitúa el de la falta de pluralidad y mucho menos el de un supuesto control de la prensa por parte de un grupo pequeño de poderosos, un argumento, por cierto, con un tufo terraplanista y esotérico que echa para atrás.

La concentración editorial es fruto de las transformaciones lógicas en una industria que necesita readaptarse al nuevo entorno digital y social de la información, pero no impide que este país siga siendo un ejemplo de pluralidad en sus cabeceras periodísticas, con multitud de propuestas que dan respuesta a ciudadanos con posicionamientos ideológicos muy variados, desde La Razón a Infolibre, desde Abc a el diario.es, desde El País al Mundo o desde posiciones como Ok Diario o Público. Podría seguir así hasta casi el infinito, pero tampoco es cuestión de cansar a nadie.

Lo que reclamo es que no caigamos en la pereza intelectual de repetir como autómatas algunos de los lugares comunes que pesan sobre nuestra profesión y que defendamos la verdad: España, en términos mediáticos, y asumiendo sus defectos y sus vicios, no tiene nada que envidiarle en libertad de expresión a ningún otro país de nuestro entorno.

Los periodistas sufrimos una crisis de confianza hacia nosotros del mismo tenor que la que sufren los políticos, los empresarios, los sindicatos, los funcionarios o los hombres y mujeres del cine. Una crisis de reputación. No la alimentemos, además, dándole pábulo a estas leyendas urbanas.



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