Greta y los claroscuros


11/12/2019


Juan Carlos Blanco

Hace tiempo que un personaje público de escala global no generaba en torno a su figura una polarización tan extrema. Greta Thunberg lo ha conseguido. Greta ha sido nombrada personaje del año por la revista Time por servir de aldabonazo de las conciencias adormecidas del planeta. Pero no deja de ser un personaje con claroscuros.

Sólo tiene 16 años y ha sacrificado su adolescencia. Sus padres la han convertido en una marca que recorre el mundo en favor de una causa que nos concierne a todos: el cambio climático. Y no deja indiferente a nadie. O se la adora acríticamente como si fuera una Mesías que nos advierte al resto de la humanidad de la llegada de un Apocalipsis medioambiental o se la insulta con una agresividad inusitada sin aceptar nada de lo bueno de una chiquilla que es capaz de hablar con un sentido crítico y una profundidad que ya quisiéramos adultos mucho más mayores que ella. Los matices se destierran pese a la complejidad de todo lo que la rodea. O se está con ella o se está contra ella.

En términos de comunicación, Greta es una figura muy propia de nuestros tiempos: ella y su entorno saben de la importancia de los mensajes de trazo grueso y del impacto de las emociones y de las historias para remover las conciencias colectivas (y, de paso, resucitar las cuentas corrientes de sus padres, que todo hay que decirlo). Thunberg conoce los resortes de los discursos maniqueos: ha encontrado a los malvados de su historia (los políticos y los empresarios poderosos que, según ella, no han hecho absolutamente nada para mitigar los efectos del calentamiento global), identifica a las víctimas más perjudicadas (los jóvenes que recibirán un planeta herido) y reclama soluciones simples a problemas complejos.

Su discurso cala porque su relato cuadra con una realidad avalada por la comunidad científica que nos enfrenta con nuestras contradicciones más primarias y con el dilema más incómodo: o cambiamos nuestro modo de vivir o nos cargamos el planeta en el que vivimos. La adolescente Greta, con todos sus excesos y con los histrionismos propios de una familia que antepone su activismo a cualquier otro principio, lo ha sabido expresar como nadie. Y ése es su gran mérito. Con sus claros y también con sus oscuros.

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