Teoría del indignado perpetuo


18/07/2019


Se ha extendido por todas las capas de la sociedad una nueva tipología de prohibicionista compulsivo, la del indignado perpetuo, que ha encontrado su hábitat natural en las redes sociales, sobre todo en Twitter. La mayoría de los ciudadanos entran allí para informarse de lo que ocurre en el mundo y para entretenerse y reírse de sí mismos y de los demás. El indignado perpetuo, no. El indignado perpetuo entra en Twitter para denunciar todas las injusticias que nos oprimen y poner fin a la impunidad de los malvados que no piensan lo correcto.

En las redes, el Estado de Derecho es difuso. Y estos machos alfa de las tribus tuiteras aprovechan esta debilidad para instaurar un régimen dictatorial en el que deciden quién es digno de ser apoyado y quién debe ser vituperado, insultado y linchado hasta que la humillación no dé más de sí. El indignado perpetuo no descansa. Su estatura moral le impide relajarse. Cada día, asoman por la red enemigos que tienen que ser combatidos para mantener la pureza virginal de la plaza. Y el indignado perpetuo los combate sin flaquezas.

El indignado ingenuioso y el ‘de profundis’

Los hay de dos tipos: el ingenioso y aquél al que podríamos llamar de profundis. El primero es consciente de que su ingenio tiene que ponerse al servicio de las causas más nobles del mundo.  Es un Quijote de banda ancha que lucha contra los enemigos de la bondad y la justicia universal. No hay causa buena que no abrace. Y como buen tribunero con smartphone, es capaz de aportar soluciones de no más de 240 caracteres para los problemas del sistema financiero mundial, el cambio climático, la destrucción de empleo como consecuencia de la robotización, las agresiones a las mujeres o las dificultades para formar gobiernos estables en tiempos de fragmentación política.

Los indignados de profundis juegan en otra liga. Comparten la indignación por todas las causas injustas del planeta tierra y las soluciones buenistas, pero carece del ingenio y del sentido del humor del primero. Desayuna sufriendo por la desigualdad y la precariedad y a partir de ahí pasa todas las horas en las que anda despierto acusando a los grandes poderes del mundo de sojuzgar al pueblo.

En esencia, son agotadores. Si Obelix se cayó de pequeño en una olla llena de una pócima que le daba una fuerza y una energía infinitas, ellos parecen haberse caído en un contenedor de cicuta. Todo les parece insoportable. Y necesitan que todo el mundo se entere de que, a ellos, todo les parece insoportable.

Llevan sobre sí la terrible carga de luchar contra todos los males de la historia y tienen bien identificados a sus enemigos. Han hecho del maniqueísmo un modo de vida. Ellos y los suyos siempre tienen la razón, pase lo que pase, y sus antagónicos jamás logran tenerla y además adquieren rasgos de súper villanos, siempre dispuestos a abusar de los más débiles.

Los indignados invaden las redes sociales. Como en la vida misma.

Los indignados perpetuos son grandes ocupadores del espacio público común y generan la toxicidad suficiente para que nadie que ose discutir sus planteamientos pueda convivir con ellos durante mucho tiempo en la misma plaza pública.

Los exiliados digitales

Y como derivada de su irrupción, han dado pie a otro fenómeno: el del exiliado digital, alguien que abandona las redes por no poder soportar las avalanchas de insultos y críticas salvajes o que simplemente no quiere dedicar energías y recursos a silenciar y bloquear a las hordas de indignados.

Ya casi no existen las zonas templadas en las redes sociales. La polarización las ha arrasado. Los matices han sido desterrados del debate público. Y, en este territorio, el indignado perpetuo se convierte en el Rey León que vigila desde su promontorio para que nadie escape de su corrección política, asfixiando a los discrepantes, y sin darse cuenta de que cualquier día llegará otro indignado más fuerte que le aplicará la misma receta que él aplica a los demás.



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