Viviendo en una burbuja mediática

Ocurre siempre después de cada cita electoral. Miras los resultados y, si son contrarios a tus preferencias ideológicas, te asomas luego a tus redes sociales y observas cómo una parte de tu comunidad se indigna y se pregunta cómo es posible que la gente haya votado lo que haya votado cuando en Twitter todo el mundo piensa como ellos.

Es un ejemplo, pero hay muchos más de la burbuja política y mediática en la que vivimos. Pasa en todos lados, pero en España se recrudece esta tendencia, y si es en el periodismo, más todavía: estamos acostumbrándonos a leer, escuchar y ver sólo a aquellos medios de comunicación que confirman nuestra visión del mundo y de la sociedad y esta tendencia tribal a refugiarse en las ideas de los nuestros intensifica la polarización y la radicalización de los discursos que dominan la escena pública en un debate en el que la información ha empezado a ser sustituida por el activismo y el espectáculo de masas.

No es nuevo, pero sí llamativo. En la era previa a internet, la escasez de oferta (dos o tres televisiones, cuatro emisoras de radio y unos cuantos periódicos) tenía como consecuencia que los ciudadanos, a la hora de consumir información, tenían una visión más o menos sesgada o parcial de la realidad, pues sólo se asomaban a ella a través de los ojos de la única cabecera que consumían o de los únicos programas de radio y televisión que escuchaban y veían. Algunos sólo leían El País y escuchaban la Ser y otros apenas salían de las cuatro paredes del Abc y la Cope. Y era lo normal. Era la época en la que nos decían que para tener una mirada más plural de la actualidad había que leer al menos dos o tres periódicos al día, cosa que hacía sólo una minoría.

Llegó Internet y la oferta infinita de los medios y pensamos que había llegado el momento de confrontar todas las ideas en este parque temático de la información que eran las redes sociales, donde no había tiempo para leer todo lo que estaba a nuestro alcance.

Era el escenario perfecto para la pluralidad democrática en el consumo de los medios. Ya no había que gastarse un buen puñado de euros en comprar una pila diaria de periódicos para tener una mirada más amplia y panorámica de los asuntos públicos; bastaba con hacer una buena selección de contenidos en Twitter o en Facebook (yo, por ejemplo, me he hecho mis propias listas en Twitter con los temas que me interesan) y podías leer lo que quisieras y cuando quisieras. El paraíso para los adictos a la información, un vergel para quienes creen en las sociedades abiertas que respetan los derechos civiles de sus ciudadanos.

Ocurre, sin embargo, que, pese a la oportunidad que ya tenemos a nuestro alcance con sólo pagar nuestra factura por los megas de nuestra conexión, esta pluralidad no se manifiesta en el consumo de los contenidos. Seguimos leyendo a los nuestros.

Al contrario, con la eclosión de las redes sociales, hemos terminado por concentrarnos en guettos que orbitan alrededor de lo que opinan los líderes políticos, sociales, periodísticos y hasta humorísticos de nuestras tribus. Y el resultado es que sólo leemos y escuchamos aquello que se acerca a lo que pensamos y sentimos, restringiendo nuestra capacidad de entender al que no piensa como nosotros y, por extensión, nuestra propia capacidad de aceptar que el otro puede algo o mucha razón en lo que defiende.

Este achique de espacios tan endogámico, además, aporta las condiciones ambientales necesarias para que afloren las intoxicaciones, las mentiras y las medias verdades, utilizadas como combustible para la agitación. Todo vale contra un adversario reconvertido en enemigo al que hay que deshumanizar.

No pasa nada por reconocerlo. Preferimos ratificarnos en lo que pensamos que discutir honestamente nuestras convicciones y nuestros planteamientos. Es legítimo, pero asumamos que también es empobrecedor, pues achica nuestra visión crítica y anula la confrontación de las ideas, sustituyendo la discusión por una agitación histérica y agresiva en la que no vence el que convence, sino quien es capaz de soltar la frase más epatante, sin importar para nada si esa frase responde a una realidad comprobable o es una simple carcasa vacía para consumidores compulsivos de píldoras demagógicas.

 

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